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Archipiélago Godoy

Por Pablo Natale | Fuente: La voz del interior

Godoy

Hay un cuento de Steven Millhauser llamado “La princesa, el enano y la mazmorra”, en el que mediante pequeños párrafos se nos va contando la historia de un poblado medieval con precisas observaciones fabulescas y poéticas, construyendo la historia del enano y la princesa, pero también la del pueblo que rodea un castillo, la del río que divide un lugar del otro y la de las teorías acerca de su aparición. Hay también un libro de Federico Falcollamado Made in China donde, mediante la prosa poética, se construye una China literaria, imposible y monstruosa. Hay documentales y series sobre la guerra de Malvinas, una película llamada Fuckland, hay una novela de Fogwill (Los pichiciegos) que ya es un clásico en la literatura argentina donde trata sobre la guerra en un lenguaje alucinado y luego de eso hay, finalmente, una novela llamada Runa, donde Fogwill oficia de antropólogo de una tribu y un espacio imaginario, casi como si fuese su propia versión de Eduardo Galeano.

La construcción, la primera novela de Carlos Godoy y su segunda obra narrativa, de hecho comienza con una dedicatoria al “marinero Fogwill” y es una de las pocas obras literarias argentinas que incorporan y problematizan la cuestión Malvinas, pero no desde un realismo documental, la cursilería de guerra o el revisionismo histórico, sino más bien apelando a un relato lateral construido mediante fragmentos difusos en un tiempo histórico fantasmagórico.

En la novela, dividida en tres partes, hay un narrador que se refiere a las islas como las manchas del Test de Rorschach (situando a las Islas Malvinas como origen, imagen y trauma), hay un chino mitológico llamado Chen Chin Wen, hay un momento en que se nos describen las diferentes variedades de ladrillos y piedras, hay un episodio con geólogos en la nieve, un libro de guerra medio zen llamado, a su vez, “La construcción”, un amigo llamado Vegetal y “kelps” con hijos deformes.

Combinando la etnografía fabulosa, un anecdotario siniestro, el diario de viaje y cierto registro científico, Godoy crea un archipiélago-mancha literaria más arriesgado y complejo que Can solar (su obra narrativa anterior), ofreciendo una visión exótica de regionalismo y una extraña alegoría distorsionada.

Polémico, oportuno, reflexivo y ostentador, poco a poco Godoy se consolida, tanto en la construcción de su obra como de su imagen, como uno de los herederos de la variante Fogwill de la literatura nacional.