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Con sangre de rockstar y con alma de maestro zen

Por Horacio Bonafina / Foto: Mariano Vega | Fuente: Diario Tiempo Argentino

Con Primavera Ninja (Momofuku) Luis Orani debuta como novelista para indagar en la movida indie del sur del Conurbano, lo que logra con superposición de voces y la inclusión de reseñas de discos.

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Luego de consagrarse, no son pocos los músicos que tapan las huellas de lo dejado atrás. Los que no llegan, por su parte, están eximidos de ocultar. Con cualquiera de los dos resultados, esos pasos terminan siendo invisibles. Pero es en el proceso, silenciado o silencioso, donde en verdad habita la esencia del artista. Luis Orani lo intuyó y por eso es que se lanzó en la construcción de una «biopic eléctrica de un héroe del ferrocarril provincial», como anuncia la tapa de Primavera Ninja (Momofuku, 2014), su primera novela y uno de los primeros lanzamientos de esta nueva editorial.

Orani no sólo escribe, también es miembro del grupo Rutamar Zombi Motel, es decir que conoce el ambiente y por eso consiguió crear un libro con alto nivel de detalle de la movida indie del conurbano sur, en donde toma relieve la realidad cotidiana de los conjuntos locales.
Para realizar su tarea, la técnica de Orani consiste en superponer voces: el testigo de Juano Díaz (estrella ascendente), es decir Tincho (bajista), junto a breves reseñas de discos escritas en revistas o blogs por el músico Gustavo Roldán (el único que parece no salirse del eje). Sumadas, trazan los contornos gracias a bandas inventadas –que podrían ser alias de algunas reales– que funcionan como elásticos en un pinball por el que va trazando su órbita irregular el planeta metálico de Primavera Ninja.

Si bien el camino al estrellato musical es algo imaginable, lo desconocido serán las paradas, las estaciones que elegirá el autor para iluminar ese recorrido de 160 páginas: el Ferrocarril Provincial, el fútbol de ascenso y los Torneos Juveniles Bonaerenses, el rosqueo municipal, copias en cassettes. Un combo retro, conjunto al que quizás es necesario referirse para hablar de la Provincia, ya que el desfase con respecto a cómo suceden las cosas del otro lado de la General Paz moldea su propia estética.

Hay una meticulosidad en la construcción de escenas que le permiten a Orani moverse como un ninja del Conurbano; por momento con ritmos lentos, donde la acción está escondida a los ojos de cualquiera, hasta que un despliegue abrupto hace que ese caminar en puntas de pie del relato dé un salto para seccionar cabezas con una katana hilarante pero oscura: un vagabundeo en la playa se convierte en una pelea en la arena por un paquete de bizcochitos, previa propuesta sexual; una salida aburrida de repente se ilumina ante la ocurrencia de cazar y cocinar a un gato.
Y así, con destellos en medio de una atmósfera de confusión, Orani entona un hit que merece empezar a sonar. Es una obra con sangre de rockstar pero con alma de maestro zen. «