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Efecto tequila – Matías Amoedo

Por Fernando J. Yáñez | Fuente: El teatro de las voces imaginarias

A medida que pasa el tiempo, y nuestra experiencia sensorial se enriquece, llegamos a un punto en donde comprendemos (o al menos logramos un acertado esbozo) que todo nuestro imaginario se basa en un marco referencial de contrastes y contradicciones.
Es nuestra forma de decodificar el mundo. Es un orden interno necesario, no solo para comprender los símbolos de la vida, sino también para que los demás puedan comprenderlos y comprendernos.

Matías Amoedo, acaso consciente de estas reflexiones, nos entrega un relato cargado de contrastes, aunque los mismos se mantienen a flote en la superficie. En las profundidades de la historia descansa el equilibrio, y así, nos topamos con esta holgada pero meticulosa lección de vida.

Impresiona de Efecto tequila la manera en que documenta la vida de este artista (estereotipo de dios del rock) llamado Max. Un joven soñador que no conoce límites, que suele deambular por las calles de San Isidro en búsqueda de su propia expansión interior.
Si bien todos estamos acostumbrados a ese rol del músico rebelde, generalmente nos alimentamos de las causas equivocadas. Es decir, todo el mito que disfraza la verdadera esencia del artista.

El secreto de todo artista icónico y trascendente no es más que su verdadero carácter revolucionario. Un sentimiento de impotencia frente a las futilidades de un vasto mundo desconocido en donde, ante la incapacidad de saberlo todo, vivimos entre valles y cumbres de alegrías y depresiones. Y así recrean el mundo, por un imperioso deseo de estabilidad personal, para dejar de respirar un aire de insatisfacción. El arte en estos hombres es más que una expresión: es un descanso de la hostilidad que produce la inercia mundana. Pero, paradójicamente, se podría afirmar que el único camino transitable que encuentran es el del caos. Un caos inconsciente, pero necesario.

Los artistas llevan a la historia sobre sus hombros, porque ver más allá de los límites requiere de arte, y caminar más allá de los límites requiere de caos. Superar la línea del orden establecido. Porque luego de cuestionarnos tanto, nos encontramos con cierta disconformidad frente a las leyes universales. Entonces nace este “deber” del artista para re-concebir un mundo.

Acá es donde Matías Amoedo demuestra otro punto importante en el registro de los artistas y su concepción de los mismos. Detalle esencial en la construcción de esta historia y su forma. Hoy en día, con la globalización bien asentada, vivimos en un frenesí provocado por las redes sociales y la instantaneidad de las mismas. Un aquí y ahora virtual que nos mantiene constantemente informados de cómo la realidad se gesta a nuestro alrededor (eliminando los límites geográficos, dándonos lo más cercano a un esbozo de omnipresencia).

Pero en un pasado no tan lejano, recordábamos a los artistas por una trascendencia de carácter más analógico. Que al igual que la historia, es producto de un testigo anónimo, que documenta la realidad (subjetivándola), entregando su tiempo en función de contar una historia. Producto de admiración e intriga al mismo tiempo.

“Nadie se acuerda del fotógrafo, pensé. Tienen muchos recuerdos gracias a las fotos, pero nunca les va a venir a la cabeza la imagen de aquel vestido de negro que los pudo capturar.”

Este es el testimonio de Gastón, un testigo pilar en la creación de la leyenda de Max. Él es un fotógrafo que queda cautivado por su aura, mientras trabaja tomando fotos en un casamiento. Por otro lado conocemos a Gloria, el testigo número dos en esta trinidad que se completa con su relato.

Así, desde el comienzo, cada capítulo aparece ante nosotros dos veces. Enumerado uno con números romanos, y el otro respetando la numeración cotidiana, forjando esta historia desde ambos puntos de vista. El de Gloria y el de Gastón (¿será coincidencia que ambos lleven un nombre con la letra “G”?).

De aquí en adelante, comienza la historia. Y al mismo tiempo, comienza esta relación recíproca entre los tres. Tanto Gloria como Gastón, están escapando de algo. Eso que sabemos que nos atormenta, pero no nos animamos a intentar superar. Una traba injustificable, que confirmamos con los ojos cerrados, dándole poder sobre nuestras vidas. Encadenándonos a un porvenir trágicamente sospechado. Esa decisión que elegimos no tomar, para no salir de una zona de confort. Y al final se vuelve una cicatriz de fuego, recordándonos el miedo de la confrontación ilusoria.

Por eso encuentran consuelo en un Max que muestra desinterés, pero es un claro ejemplo revolucionario. Logra cambiar sus aires por un poco de anarquía, y así mueve los cimientos automatizados del resto de los personajes. Por eso mismo se vuelve una historia de contrastes y contradicciones.

Estas tres fuerzas, y su accionar frente a las situaciones cotidianas, viven en constante choque, evidenciado los dos polos extremos del espectro.

“Un sistema estable tiende a lo largo del tiempo a un punto, u órbita, según su dimensión (atractoro sumidero). Un sistema inestable se escapa de los atractores. Y un sistema caótico manifiesta los dos comportamientos. Por un lado, existe un atractor por el que el sistema se ve atraído, pero a la vez, hay “fuerzas” que lo alejan de éste. De esa manera, el sistema permanece confinado en una zona de su espacio de estados, pero sin tender a un atractor fijo.”

Max definitivamente es un sistema caótico. Pero en esta historia, sus creencias y su modus operandi, entramado con el resto de los personajes, permite un estado de simbiosis ideal.

Y así, como la vida que es cíclica, del caos nace el equilibrio, y de un choque entre cotidianeidad y revolución nace esta historia. Un relato que logra mover nuestro estático suelo de concreto y, además, sin sospecharlo, nos arranca unas buenas carcajadas.