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Escribir contra lo previsible

Por Maximiliano Crespi | Fuente: Ñ

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Hay algo siempre inquietante en la narrativa de Carlos Godoy. Ese algo no se reduce a lo esquivo de sus fábulas ni al tajo preciso de su prosa gélida, quirúrgica, limpia de toda impostación literaria, de todo costumbrismo etnográfico y de toda afectación patética. Su semblante hipnótico surge más bien en la sutil oscilación de una ficción que viborea indecisa entre lo inocente y lo perverso, entre lo dicho y lo insinuado, entre lo familiar y lo extraño.

La estrategia –notable en el realismo infame de la Escolástica peronista ilustrada y Can solar – se renueva en La construcción y ratifica la audacia de un proyecto de lucidez corrosiva. Pero el valor reactivo de esta ficción distópica deriva estrictamente de su fuerza deconstructiva, de su potencia para enturbiar lo sabido, para romper el orden de lo previsible y abrir las grietas por donde asoma lo impensado. Por ello su estructura es la de un tejido complejo y avisado, que articula restos de saberes naturalizados, mitologías bajas y seudocientíficas. Pescadores huraños, geólogos místicos, biólogos amateurs, millonarios excéntricos, chinos shaolin y kelps deformes; profecías meteorológicas, mapas imaginarios, figuras talladas en el suelo para ser leídas desde el cielo, topografías dudosas; frío, sueños, fiebre, delirio y destrucción radiactiva. Con restos de voces y discursos infames, Godoy cose una trama suspendida e incierta, que se abre con “una guerra” (no narrada) y se cierra en la inminencia de un “incidente” (no narrado) tras el que se avizora el exterminio. Lo narrado son los insólitos ritos y costumbres de la vida en dos islas del sur abandonadas a su propio destino; dos manchas que la comparación con el test de Rorschach habilita a pensar en un sentido político diferido; dos manchas que son el hábitat “natural” para una sociedad estructurada según principios estrictos pero esotéricos.

La ficción replica esa pulsión neutra, polifónica y plebeya. Se pliega sobre trascendidos y versiones vagas, parábolas opacas, diarios alucinados y citas oraculares a un libro llamadoLa construcción . Se ciñe a una táctica narrativa de rodeo y digresión porque su objeto es llevar al lector a esa zona de intemperie donde la experiencia literaria coincide con el no-saber.

La imaginación de Godoy trabaja sobre la ambigüedad y la vacilación del sentido. Porque intuye que la opacidad es el horizonte de toda experiencia sensible, modela mundos volubles, permeables pero no transparentes. La justificación ética es irrecusable: allí donde se practica la buena conciencia de los sentidos plenos, la superstición encarna en autoritarismo. Y la determinación crítica, elemental: la literatura –que no es más que la lucha contra la tentación del sentido– está ahí para corroborar que la realidad no puede ser “la única verdad”.