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Félix Bruzzone: “Mis libros son novelas negras con final feliz”

Por Javier Mattio | Fuente: La voz del interior

Félix Bruzzone amplía su universo extrañado, satírico y delirante en Las chanchas, relato que sitúa al violento y mediático conurbano bonaerense en Marte. A su vez, se reedita 76, el fundamental volumen de cuentos con que el autor se dio a conocer.

El escritor bonaerense Félix Bruzzone.

El conurbano bonaerense asume una fachada de planeta Marte caricaturesco en Las chanchas, la última novela de Félix Bruzzone (Buenos Aires, 1976). El autor del fundamental 76 (ahora reeditado por Momofuku) retoma tópicos, contextos y personajes arrastrándolos un poco más allá en todo sentido, deshilachando el relato hasta empujarlo al vacío (Bruzzone de hecho habla de su técnica narrativa como de un “estiramiento”). El desplazamiento también supone sustituir el tema de la dictadura y la militancia por la “inseguridad” y sus manifestaciones mediáticas, así también como un corrimiento geográfico (del Marte bonaerense se pasa a las “sierras” y el “delta”). Dividido en tres capítulos-puntos de vista, los de Andy, Mara y Romina (la retornable novia del protagonista de Los topos),Las chanchas comienza con el secuestro no involuntario de dos mujeres en la casa de la recién formada familia de Andy, Romina y su bebé Omi. La mediación en el absurdo caso de Gordini, un oscuro amigo de Andy de tendencias manipuladoras, hará que la novela avance al ritmo de peripecias disparatadas y desconcertantes entre medio de marcianos marginales, animales vulnerables, hippies y enigmáticos dibujos de paisajes.

¿Por qué Marte? Ya en el relato “2073” de 76 Bruzzone jugueteaba con la ciencia-ficción. ¿Es un chiste, un homenaje? “Es todo a la vez. Al principio lo vi como un chiste. Después pensé que podía hacer algo de género –contesta el escritor–. Uno de mis libros favoritos es Crónicas marcianas y me parecía interesante dar vuelta ese silencio y mundo irradiado que narra Bradbury y hacer un Marte más espeso, sucio, onírico, ambivalente, que pudiera ser Marte pero que claramente no lo fuera. Y también supongo que es algo más, del mismo modo que el Marte de Bradbury no es Marte. El Marte de Andy (el único personaje que se cree en Marte) es algo parecido, una creencia, una forma de pensarse ajeno a lo que hay alrededor, que parece ser bastante tremendo”.

–¿Cómo se asocian la inseguridad, los secuestros, las marchas, con tus textos sobre los ’70?

–Es todo lo mismo. Cuando se dice que todo es continuación de la dictadura, uno enseguida piensa “qué exagerado”, pero cuánto hay de exageración o de uso político de la dictadura y cuánto de verdad. Hay cosas más forzadas que otras, pero también cosas directas. Hay torturadores que en los ’70 eran pibes de veintipocos y uno puede decir bueno, les tocó torturar (allá ellos), y que hoy tienen entre 60 y 70 y todavía no se les encontró ninguna cosa rara y ningún juez los procesó, que tienen agencias de seguridad privadas y le venden sus servicios a gente de clases medias-altas que viven en countries y barrios cerrados, que representan mayoritariamente la franja social que pide mano dura y represión. Pero si vamos a los libros, lo que trato de seguir es cómo se insertan los personajes conforme pasan los años. Hablo de Romina, el personaje que se repite. Ahí ya no me interesa tanto esa manta extraliteraria y me concentro en las situaciones íntimas de ese andamiaje y en las formas en que todo termina por desbarrancarse a pesar del final feliz y tierno. Creo que mis novelas, en el fondo, son novelas negras con final feliz.

–¿Cuánto de César Aira hay en tu trabajo?

–Aira nos permitió desestructurar, derribó alambrados, nos dejó percibir la narración como algo más laxo de lo que Cortázar nos había enseñado. Pero se convirtió en un autista. El mundo Aira está sobredimensionado por la posmodernización de los ‘90, de lo que Aira parece ser un protector. Pero eso quedó ahí, gira sobre sí mismo. Sin embargo, hay rasgos rescatables de esa posmodernización que sirven hoy para producir cosas no posmodernas, sino bien modernas y alejadas de ese autismo que dice poco.

–¿Cómo evaluás “76” en su reedición? ¿Tenés la necesidad de seguir pateando el tablero?

–Ese libro para mí era mi primer libro, lleno de defectos, con una mirada un poco desviada, quizá, pero uno más. Y terminó haciendo un recorrido que recién ahora entiendo mejor. En estos seis años hubo cambios en mi escritura, y espero que haya más de acá en adelante. La idea es no quedarse quieto. Por otro lado, eso de patear el tablero me parece excesivo. El juego hay que seguir jugándolo con las piezas y el tablero que hay. Se puede disimular, morder las piezas, hacerle un doblez al tablero, no mucho más.


Las chanchas
Random House (2014)
224 páginas
$ 149

76
Momofuku (2014)
209 páginas
$ 130