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La Construcción, de Carlos Godoy

Por Cristian Franco | Fuente: Artezeta

El autor cordobés, editado por Momofuku libros, deconstruye y reconstruye la historia de las islas Malvinas.

De los métodos contemporáneos para escribir novelas, detallo uno de los más populares en la actualidad: [1] ábrase el archivo .doc de un cuento —o texto que medianamente se le parezca— relativamente largo (entre 15 y 40 páginas formato A4, a espacio simple en Times New Roman 12 pt); [2] modifíquese el tamaño de la tipografía a 14pt (16pt es riesgoso, pero aceptable); [3]cámbiese el espaciado de la interlínea a doble; [4] configúrese el tamaño de página al de un libro en rústica estándar (ej.: 15 x 11 cm). [5] Una vez guardados los cambios, muévase el archivo de la carpeta “cuentos” a la carpeta “NOVELAS” (o si algún prurito literario todavía gime y se retuerce en su organismo, a la carpeta “Nouvelles”).

Es un camino. Hay otros. Menos económico, más arcaico e incierto, arriesgarse a la escritura de un texto denso, extraño, tal vez indescifrable, si bien no ha sido de los métodos más transitados, fue alguna vez una alternativa a considerar en la literatura argentina. ¿Por qué Carlos Godoy se dejó tentar por semejante anacronismo? Insondable misterio.

Leer La construcción es sucumbir a una serie de imposibilidades. La imposibilidad primera viene de la mano de la pregunta básica: ¿de qué se trata el libro? Su tema, dicen, parece, son las Malvinas. Bien. Entonces trazamos, satisfechos, su genealogía: lo enganchamos a Los Pichiciegos de Fogwill (nos habilita la dedicatoria que abre el libro), a Las Islas de Gamerro. Otro-libro-más-sobre-Malvinas: la guerra, sus efectos, restos, llagas. Pero Godoy nos gambetea y se desmarca: sí, las Malvinas, ¿pero qué Malvinas? O mejor: ¿cómo las Malvinas?

“Nuestra tierra puede verse desde el cielo como dos manchas de un test de Rorschach separadas por apenas un pequeño espacio en blanco.” En esa apertura se concentra todo: la mirada aérea y gélida en primera persona, la tierra propia licuada en silueta que habilita la fiebre de las interpretaciones. ¿Qué se hace cuándo un territorio no es más que manchas en un mapa? ¿Cómo narrar esas manchas? Lo que hace Godoy es desvanecer ese territorio y rehacerlo en una mitología que parece flotar en una dimensión paralela. Ya no hay Malvinas, no hay ni siquiera Islas, hay, apenas, lejanas pero íntimas, manchas. Sobre esas manchas Godoy funda un nuevo territorio y en ese movimiento transforma y se apropia del dictum sarmientino: Narrar es poblar.

El libro se construye a partir de fragmentos que nos introducen en una geografía desconocida. Lo que hay son hilos sueltos, parábolas, fábulas, relatos de origen, los restos decantados de las historias que circulan en una comunidad. Eso es lo que el narrador —distante, parco, ingenuo, nostálgico— nos ofrece: una visión panorámica de ese territorio que es suyo y del que conoce su Historia y sus historias, sus mitos, sus profecías, sus secretos. Lo que va emergiendo con esa voz y esos fragmentos y de a poco poblando las manchas —lo que emerge de la niebla venenosa de la historia— son fantasmas congelados en una dimensión paralela (¿qué otra cosa podría habitar ese lugar del mapa que alguna vez fue guerra y fiesta y esperanza y espejismo y después barro y después frío y después sangre y estupidez y derrota y ahora manchas en el tejido de una memoria deshilachada?).

Narrar. Poblar. No hay narración, no hay población, sin una lengua. Por eso Godoy también se encarga de construir un lenguaje donde esas manchas y esos fantasmas puedan respirar. La prosa de La construcción es por momentos gélida o alegórica, por momentos técnica o mística, pero siempre se sostiene en una entonación seca, amarga, opaca, como si la lengua que la pronuncia estuviese hecha de la misma tierra congelada que forma las manchas. Esa elección estilística (no sucumbe a las tentaciones del tono coloquial, no se solaza en las tinieblas del barroquismo) es la forma en que el libro encuentra su unidad y su música: esa distancia entra la voz que narra y aquello que se cuenta hace pensar en un libro sobre una civilización perdida, escrito con la nostalgia y el rencor de su último habitante.

La construcción: ¿una cartografía fantástica?, ¿una etnografía distópica?, ¿la sociología mística de unas islas perdidas en el Atlántico Sur? Acá nos topamos con la imposibilidad segunda. El libro de Godoy produce una vacilación clasificatoria. Ni novela. Ni no-novela. ¿Antinovela? Pero sabemos que las antinovelas, en su momento de esplendor, tuvieron el pequeño desperfecto de ocupar en las librerías el mismo estante que las novelas. ¿Callejón sin salida? Solución provisoria: la pregunta¿qué es esto que estoy leyendo? —cuando la acompañan un indefinido revoltijo estomacal, un leve rechazo neurológico— quizás sea un evidente síntoma de “novelidad”. (Podríamos ligar la asignación de género de un libro a los efectos fisiológicos que produce su lectura. Novela es eso que nuestro organismo siente como novela).

Un libro extraño. Uno de esos libros que no parecen escritos para su época. ¿Quién podría leerlo? ¿Cuándo? Tendríamos que imaginar una escena ideal de lectura para La construcción. Una escena futura. Digamos los dos o tres minutos finales de una de esas películas sobre el fin del mundo (La construcción es una novela sobre la fundación y el fin de un mundo). Alguien que aterriza en las manchas. Viento entre los escombros, radiación, silencio. El visitante recorre callecitas abandonadas, entra en construcciones destruidas. Al atardecer llega a un muelle. Un bote amarrado golpea contra las piedras. Adentro, un libro escrito en una lengua muerta pero conocida. El visitante escanea una página al azar, escucha la traducción. Guarda el libro y sigue, encapsula muestras de tierra, de agua, de aire, vuelve a su nave. Al anochecer despega lentamente, mira las dos manchas indescifrables que se funden en la oscuridad, escucha de nuevo: “Todo esto es un secreto. Todo lo que pienso y cuento es a partir de secretos. Porque, y esto es lo que quiero decir, nada que sea de las manchas se va de las manchas. Y las personas que vienen de afuera por negocios, visitas, investigaciones, vuelven a sus tierras sin saber qué son las manchas. Pensando que son algo que está depositado en sus mentes, algo parecido a la memoria. Pero las manchas no son memoria. Las manchas son silencio. Un oscuro río que no permite ver el fondo.”