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“La escritura para mí es un proyecto político”

Por Valeria Tentoni | Fuente: Eterna Cadencia

Entrevista a Carlos Godoy por la salida de su primera novela, La construcción (Momofuku), que da inicio a una trilogía sobre Malvinas.

Carlos Godoy

La primera novela de Carlos Godoy, La construcción, salió con el número cinco de la colección de la joven editorial Momofuku, dirigida por Hernán Vanoli y Lola Copacabana, que inauguró junto a Primavera ninja de Luis Orani. Pero, en rigor, no fue la quinta: la superstición de Godoy pidió ese guarismo. Tampoco está en orden la publicación de sus libros con respecto a su escritura: la primera versión de esta novela —que, según adelanta, inicia una trilogía— fue redactada antes que Can solar, el libro de cuentos que publicó 17 Grises en 2012, serie que escribió para entrenar la precisión que, entendía, le faltaba para completar esta tarea. Después le llevó a Fogwill “pedazos” de lo que tenía. Trabajó con él, a quien describirá como a una suerte de lector adivino, capaz de ingresar en las tramas y asimilar de modo prácticamente automático el funcionamiento de los textos. “Esto es Runa”, dice que le dijo, comiendo pizza, a una mesa de distancia. Pero Godoy todavía no había leído Runa, y no lo hizo sino hasta después de su muerte. La construcción está dedicada a ese “marinero”.

 

Vanoli ya había recibido el manuscrito cuando todavía existía la editorial Tamarisco. “Hicimos un buen laburo juntos –dice Godoy.– Lo que ellos querían hacer, Vanoli y Lola, era complejizar más el libro, hacerlo más experimental. Y lo que quería hacer yo era lo contrario: hacerlo más legible. Me interesaba más que el libro se leyera a que el libro fuera vanguardista. Así que negociamos”. El título tiene por bajada la línea “Metales radioactivos en las islas del Atlántico Sur”; esta referencia directa a las Islas Malvinas, cuenta el autor, fue discutida. Durante toda la novela se las menciona de un modo menos evidente: “las manchas”.

Godoy nació en Córdoba en 1983, pero vive en Lobos y apenas le quedan rastros de la musiquita de las sierras en la voz. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y empezó publicando poesía, con libros como Prendas oEscolástica Peronista Ilustrada.

–Es tu primera novela.

–Sí, es la primera parte de una trilogía distópica que tiene lugar en lo que sería territorialmente Malvinas, si bien no se las nombra. Me pareció que sobre Malvinas no hay una trilogía, hay libros aislados, y que, por otra parte, escribir un libro de 500 páginas no es muy redituable. Ninguna editorial te lo quiere publicar, es caro hacerlo, y nadie lee algo así, salvo que seas un lector muy entrenado.

–¿Las otras dos van a salir por Momofuku?

–No tengo idea. Están ahí, pero hay que sentarse a laburarlas. No tengo apuro, de acá a dos años quizás me sienta en el apuro de publicarlas.

–¿Encarar la novela te implicó alguna diferencia?

–En realidad la novela está escrita antes que Can solar. De hecho, yo me senté a escribir Can solar con la idea de trabajar un poco lo que me parecía que estaba medio flojo en la escritura de la novela, tratar de ser más preciso. La novela te permite ser más dilatante, podes plantear un problema en 50 páginas. Después de escribirla me dije: voy a intentar escribir un libro que sea totalmente de género, realismo rural. Y fue un poco lo que hice.

–En una entrevista dijiste: “Cada libro es una respuesta al anterior”. ¿La construcción a cuál le contesta, entonces?

–Esto fue dejar de escribir poesía, en realidad. Vino después de Paritarias + Soy la decepción, que es una crítica del campo literario de la poesía. Terminé ese libro para cerrar un ciclo y La construcción lo que intenta es dar el salto de poesía a narrativa.

–Las Malvinas están nombradas siempre como “manchas”, ¿por qué?

–El libro empieza con una analogía con el test de Rorschach y me pareció bien dejar esa nominación. Nunca quise que aparezca el nombre de Malvinas. Si bien en la contratapa y en la bajada queda explícito, la idea era no nombrarlas, construir cierta alegoría. De todos modos, los elementos históricos son bien transparentes, la geografía, todo.

–Hay un trabajo sobre flora y fauna, accidentes geográficos, etcétera, ¿te documentaste o trabajaste con tu imaginario personal de las Malvinas?

–Investigué todo, mucho tiempo.

–Entonces no hay árboles en las islas, de verdad.

–No, no hay árboles. No pueden crecer. De hecho, hace poco se inauguró un museo, el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, y me pidieron una nota, así que tuve que ir. Fue muy emocionante, porque el museo está orientado a flora, fauna y geografía, tratan de no hablar de la guerra… Y estaba todo lo que escribí, todos los bichos, incluso el zorro, había maquetas. Fue muy fuerte sentir tan cerca todo eso que es real y a la vez no. La idea del libro es un poco esa; todo esto que yo fui investigando está documentado, pero no tenemos un contacto con Malvinas más allá de relatos y de documentos. No hay un flujo de intercambio real.

–¿Fuiste a las islas, proyectás ir?

–Estoy tratando de ver cómo hago para ir, es complicado, pero sí, quiero ir. Lo de Malvinas es un mambo muy personal que no lo termino de entender del todo. En general, la fijación o la emotividad con Malvinas está directamente relacionada con la guerra. Un tío, un hermano, alguien fue a la guerra. Yo en cambio no tengo nada que ver, conocí a ex combatientes pero por interés propio, nunca estuve atravesado históricamente por la problemática Malvinas. Y desde chico me interesa mucho. En realidad sí entiendo por qué, lo mismo que el peronismo; Malvinas es lo mas cercano que tenemos al debate sobre la nacionalidad y la patria y los ciudadanos. Me gustaría mucho ir. El control, cuando entrás, es durísimo. Te revisan todo, y apenas llegás a la isla hay un cartel gigante que dice: “Go out, Argies!”. Es someterte a una cosa fulera, violenta.

–Son interesantes los personajes de los chinos que incluiste, que huyen de una isla a la otra, porque los chinos reciben trato de extranjeros también en Argentina.

–Chen Chin Wen existió acá, en la Argentina. Fue un maestro de kung fu, un karate muy raro, medio místico. Conocí a un tipo que fue alumno de él. Y después sí, me pareció que los chinos representaban eso, porque también tenemos inmigración boliviana, paraguaya, peruana, pero es distinto. Van a nuestras escuelas, los nenes empiezan a tener cierta relación entre ellos, son comunidades más insertadas. En cambio los chinos son como un Estado dentro del Estado. No consumen nada, no invierten, no se compran autos de acá, no se compran ropa de acá, las mujeres no pueden tener relación con nosotros, solamente tienen relaciones entre ellos. Me pareció que meter chinos era como meter personas sin territorio definido. También está toda esa idea, que no sé si es verdad o no, de que supuestamente a los chinos los manda la mafia y están acá laburando hasta que juntan cierta cantidad de guita y pueden volver, lo del color con que pintan las rejas, toda una cosa que no se sabe si es real o no pero en el imaginario literario suma.

–Hay otros personajes inquietantes, los geólogos, que en el sistema de la novela son los sabios de las manchas. De algún modo, son lo contrario de los sabios antiguos, que miraban al cielo; estos miran al centro de la tierra. ¿Por qué los geólogos como figuras visionarias?

–Sigue estando todo atado a lo territorial, el geólogo trabaja estrictamente sobre la tierra, la superficie, los accidentes. Es una carrera que me hubiera gustado estudiar, geología o biología. Tienen mas respuestas que Letras, me parece, a muchas más cosas, ese universo me resulta mucho más perceptivo que el literario. El geólogo también está muy vinculado a la catástrofe, al terremoto, al volcán. Lo que traté de buscar es cierta representación de la dinámica sectaria. Leí y miré documentales sobre sectas y observé cómo un texto va llevándolos.

–El libro que encuentran los geólogos y siguen, ¿es un texto tuyo o es una fuente externa que no revelás?

–Lo escribí también yo. Leo mucho autoayuda, no porque quiera salvarme de nada, sino porque me parece que es el género que hay que leer. Mi mayor ambición en literatura es escribir un libro de autoayuda que sea un muy buen libro literario. Como Cloud Atlas, que en un punto es de autoayuda, y se la banca. Traté de imitar ahí el género de los místicos, los que dan más soluciones –bueno, no sé si soluciones, pero sí los que mas herramientas ofrecen para la gente desesperada.

–¿Sentís a este libro cerca de otro como Gracias, de Pablo Katchadjian?

–Para mí la literatura contemporánea, en cuanto a procesos, y creo que Katchadjian iría por ahí, no es Tao Lin, ni la Alt Lit, sino la literatura esotérica, la autoayuda. Me parece que eso es lo que la gente está buscando, que los antropólogos del futuro, cuando analicen esta época, así como en Francia dirían que se leía mucho a Balzac, van a decir que lo que acá se leía era literatura esotérica. Que sí, que había muy buenos escritores, tipos que escribían ciencia ficción o novelas realistas o lo que sea, que eran considerados por la academia, y eran interesantes… Pero me parece que la literatura de hoy en día es la literatura esotérica.

–Además de Katchadjian y vos, ¿a quiénes más pensás en ese sistema que delineás?

–Casas tiene un poco de eso, de hecho escribió ese libro de ensayos, [Breves apuntes de autoayuda], está viendo un poco eso también, me parece. Después, hay algunos americanos que creo piensan de algún modo en eso. Richard Ford, M. John Harrison, el libro que le publicaron acá hace poco, El curso del corazón; bueno, se está metiendo con una cuestión medio espiritista. Por lo menos esa fue la lectura que hice yo, me interesó del libro esa búsqueda de la salvación que sale mal, que les tritura el cerebro.

–Sería una literatura de la autoayuda que fracasa, de algún modo: La construcción también avanza una catástrofe al final. Gracias termina con esos incendios en cadena… Llama la atención el título de tu novela, en una generación en la que, creo, la idea más fuerte sería la contraria, la de destrucción. Es a la vez un título muy peronista, para jugar con laEscolástica, ¿no?

–Sí, hay una cosa muy del posestructuralismo que propone que la real existencia de las cosas aparece cuando las desmenuzás y las destruís. Está un poco eso, creo que es una huella de la facu. Y despues sí, claro, la dirección del título pasa un poco por ahí, está muy asociado a levantar una pared, a levantar un techo, es algo re peronista, como dijiste vos. La idea es esta: destruir haciendo. Como dice el Pity: “Para destruir hay que hacer”.

–Pero la construcción que hay dentro de la novela es una construcción inútil. No es que logren nada. ¿Lo ves así también?

–Y, lo veo como una cosa más ritual. Ellos hacen una especie de dibujo en un costado de la montaña y en el medio ponen el dispositivo. Y el dibujo es como el de las líneas de Nazca, en Perú, que se ven desde el cielo, una cosa así pensé. La novela tiene todos mis delirios; yo consumía mucho las revistas Conozca más, Muy interesante. Es una mezcla de todas esas cosas. Pienso en los monjes tibetanos que hacen unos mandalas de la puta madre con tiza rayada de distintos colores. Y después simplemente los desarman.

–Vuelvo a algunas cosas: la Alt Lit, de la que vos te distanciás, fue presentada en Argentina justamente por los editores de La Construcción, Vanoli y Copacabana, con la antología que prepararon para Interzona. ¿Conversaron sobre esto?

–Sí, una vez con Lola tuvimos una charlita por Twitter, y la posición de ella es que la Alt Lit es una especie de literatura popular contemporánea. A ver, ellos son editores, y son editores de una editorial independiente: hay una doble trampa ahí, porque tenés que vender, claro, pero tiene que estar bueno, no sirve que vendas solamente. Desde ese punto de vista, me parece que lo que ven ellos es que es algo bastante vendible, en términos de interpretación y de traducción. Algunas cosas de Tao Lin las había leído antes de que estuviesen traducidas y es un inglés muy cómodo. Como editor, yo entiendo que tenga muchos beneficios la Alt Lit. Lo que yo me pregunto es si es algo que deba imitarse o no. Es muy fácil correr a la Alt Lit, la corrés con la tradición, agarrás y escribís una novela de 500 páginas. Digo, la Alt Lit no le gana a Pynchon, a los tipos que están continuando la tradición norteamericana. Ellos un poco se cagan en eso y utilizan algo que aparece en el hip hop, que me parece interesante, que es el consumo. Acá vía Internet, virtual –el hip hop es guita, putas, drogas, autos, es un consumo mucho más groncho y real. Son cosas muy distintas: en la Alt Lit hay una pretensión literaria, en la literatura esotérica no sé si hay pretensión literaria. Hay, más bien, una cosa de dar cierto alivio, qué se yo, una cuestión más humanitaria, más vinculada a la vida espiritual. Son dos caminos distintos.

–Insisto para delinear el concepto porque me parece interesante pensarlo: yo escucho literatura esotérica y pienso, no sé, en Laiseca. Pero no creo que se proponga aliviar a nadie. ¿Estoy malentendiendo o lo leerías a Laiseca en esta etiqueta?

–Yo digo esotérico porque es la catalogación de librerías. Laiseca trabaja temas esotéricos pero es un libro literario: yo digo esotérico, pero, para ser más preciso, tendría que decirte autoayuda, ocultismo, espiritismo. Igual obvio, Laiseca tiene ese condimento esotérico, más vale, pero no con esa búsqueda de alivio espiritual. A eso me refiero yo con la diferencia mas grande entre la Alt Lit y la literatura esotérica, hay una diferencia de misión, hay una cosa medio mística. Y me parece que es lo que más se lee hoy en día y lo que más se vende.

–¿Qué libros produjeron este efecto en vos, como lector?

–Yo leo literatura de autoayuda pero por una cuestión pragmática, laboral, para sacar cosas y ver en qué andan, pero no me conmueve. Es literatura para gente que no lee, por eso también es tan popular, porque llega a esa cultura de masas de cierta clase social que consume: la autoayuda no es para la gente pobre. Entre los libros que usé está el Kybalión, un clásico. También trabajé con el I Ching, y mucho taoísmo, más que nada. Y hay varios libros malos que me leí en los que no avancé ni 20 páginas, pero saqué cosas del estilo y del vocabulario.

–Entonces creés que aprovechando ciertas herramientas de este tipo de libros se puede producir literatura valiosa.

–Ojalá algún día pueda escribir una novela muy buena de autoayuda que se venda muchísimo, y que lo agarre un lector especializado y diga: “Este tipo laburó”.

–¿Y la ciencia ficción? En algún punto, podría tener cierta función benéfica con esto de adelantar el panorama del desastre, quizás permitir evitarlo, o alertarnos sobre eso.

–Hay un pequeño guiño a lo esotérico acá, pero yo no me senté a escribir un libro esotérico y no sé si algún día lo voy a hacer. La matriz productiva en esta novela claramente es la ciencia ficción. De hecho, en cuanto a lo predictivo, a la novela la escribí en 2010 y mi idea era publicarla en 2012, para los 30 años de Malvinas, pero a nadie le interesó. Pero hubo esa cosa; trabajo un poco como trabajaba Ballard, que es el autor de ciencia ficción que más me interesa, con Philip K. Dick –paradójicamente los dos son bastante malos escritores. Me parece mucho más interesante Harrison, me parece que tiene un estilo, es como escuchar música clásica. Ballard es más tosco, más duro. Tampoco él se proponía otra cosa, me parece; quiero decir, no me parece un estilista. Sí me parece un buen escritor, sus novelas son increíbles. Con Harrison, en cambio, yo me digo: cuando tenga 60 años tengo que escribir como este tipo o como Millhauser. Incluso la primera parte de La construcción es como robarle el procedimiento de escritura a Millhauser: una mezcla de cuento infantil fantástico con un manto de inocencia, en una narrativa oscura. Bueno, lo que iba a decir es que Ballard hacía un poco eso; él no tenía amigos escritores, está en su biografía. Era amigo de gente de la comunidad científica, y entonces veía las cosa que iban a pasar más o menos en cinco años. Y se ponía a escribir pensando en eso. Tenía esa matriz productiva. En cambio K. Dick, que me parece peor escritor todavía, siempre digo que en la edad media hubiese sido un santo; estaba totalmente loco, era ezquizofrénico, tenía delirios místicos, a las teorías que manejaba de los universos paralelos las contaba desde su esquizofrenia y los medicamentos que tomaba. Veía la realidad de modo mucho más extraño. La ciencia ficción, para mí, viene de esos dos tipos. He leído cosas mucho más chatarra, claro, pero ellos son el pilar. Y de lo contemporáneo, como dije, Harrison y Millhauser. O el libro que escribio Vanoli, Varadero y Habana maravillosa, también me gusta mucho.

–En Revista Alrededores dijiste: “Me parece que la literatura más interesante es la de derecha, en el sentido que la derecha es mucho más instintiva y mucho menos moralista”.

–El escritor de izquierda me pareec que moraliza, casi siempre. Que tiene una idea de mostrar cierta cosa. Hablo del escritor de izquierda ideológico, no del tipo progre que es escritor, sino de la izquierda ideológica. Trata de educar, tratar de bajar una línea, casi siempre. En cambio, lo que yo considero literatura de derecha trata simplemente de escribir y contar un poco la realidad. La realidad es totalmente de derecha, eso es lo que pasa. Está estructurada con un sistema que no es equitativo, incluso ni siquiera democrático. Pero si querés que te dé algunos puntos estrictos que pueda haber en lo que yo escribí que sea de derecha, y… La temporada de vizcachas es un libro de poemas pero tira guiños sobre la cacería y tiene esa cosa viril de derecha. La Escolástica peronista ilustrada me parece que es un libro de derecha. Lo que considero derecha dentro de la literatura es cierto sinceramiento con la realidad, que no tiene que ver con representar, realismo, sino con aceptar determinadas cuestiones que dominan la realidad y que no están bien. Que están. De todos modos, para mí, los grandes escritores son de derecha, son tipos conservadores. Qué se yo, la literatura es Faulkner, y es un tipo de derecha. Todas sus novelas están hablando del dolor que tiene el sur porque perdió la guerra, nunca se cuestiona la esclavitud. Pero si vos leés, por ejemplo, el discurso que dio cuando le entregaron el Nobel lo querés abrazar, querés que ese tipo sea tu abuelo, da un discurso con una sensibilidad… Y derecha no es Mario Vargas Llosa, que igual me parece un gran escritor. Faulkner, un granjero que escribía cuentos para construirse la casa, no deja de ser de derecha, sino que no lo lleva a un plano ideológico. La derecha es lo instintivo, la izquierda es un tipo de pensamiento que trata de reprimir lo instintivo: hay cierta cosa civilizatoria y de tolerancia en la izquierda. ¿Qué escritor de izquierda argentino hay que todos reconozcan? El escritor más importante de la argentina es Borges y era un ultrafacho. Fogwill era un tipo, qué se yo, tenía esa cosa bien de derecha… Y a su vez era un tipo divino –Borges no sé si era un tipo divino.

–Con Fogwill trabajaste algunos capítulos de este libro, está dedicado a él.

–Sí. Yo le mandé un mail diciéndole que le quería mostrar unos textos, que no tenía plata para pagarle pero que podía ayudarlo en algun laburo administrativo, una cosa así. Nos juntamos, le llevé Prendas. Comimos una pizza en Salguero y Soler, y ahí, esa primera vez que nos juntamos, él iba leyendo el libro… Era un tipo que leía de una forma muy sorprendente. La maquinaria de lectura que tenía era impresionante. Iba leyendo y me decía “Ah, ahora seguro que pasa esto”. Como que entraba en las tramas y entendía todo lo que pasaba. Después empecé a ir a su casa, con pedazos de esta novela. Yo le decía que tenía una cosa medio Bellatín, fragmentaria, o por el lado de Millhauser, y él me decía: “No, yo acá lo que veo es Runa de Fogwill”. Yo no lo había leído en ese momento, estaba súper agotado, lo conseguí después que se murió y claro, sí, es igual, la primera parte. Me parece mucho mejor Runa, ni hablar, pero tenía un poco ese procedimiento. En esa época tambien iba Caton, que después publicó esa novela que corregíamos ahí en Mansalva. Y me lo cruzaba a Martín Rodríguez. Era complicado verlo a Fogwill, tenías que mandarle un mail o llamarlo y no sabía cómo manejar el celular, el tipo se internaba, desaparecía veinte días porque iba a una clínica. Pero yo insistía y nos juntábamos. Ahí aprendí una forma de corregir. Es un tipo que pensaba en que las palabras fuesen lo más transparente posible para que cuando las tradujeran fuera fácil. Pensaba en esas cosas. La experiencia fue muy buena. Él no tenía ni idea que ese libro era sobre Malvinas.

–Nunca hablaron de Los pichiciegos.

–No, simplemente trataba de marcar las cosas que estaban bien y las que estaban mal.

–¿Y Las islas, de Gamerro?

–Qué se yo. Está, como Los pichiciegos. Pero, la verdad, es un libro que mucho no me gustó, no me parece muy interesante cómo lo trata. Me interesó mucho más Una puta mierda de Pron, me parece que ese libro está bueno. Y después el de Patricia Ratto, Trasfondo, editado por Adriana Hildalgo. Ese libro es raro, tiene una data muy buena. No me gusta mucho cómo escribe ella, pero te mete en unos climas…

–El personaje, cuando escribe ese diario de exploración, dice que uno de sus miedos es el miedo a no tener historia. “A mí me parece que el tema más profundo de la identidad argentina es la patria porque no la tenemos. Y la Guerra de Malvinas es un eje para trabajar un poco eso porque es el último evento patriótico” dijiste en la nota mencionada.

–Sí, viene un poco por ese lado lo que escribe en el diario. Malvinas es un lugar sin tiempo para nosotros. Incluso yo cuando investigué, lo primero que hice, claro, fue googlear. Y no se pueden ver las Malvinas desde acá. Me tuve que cambiar la IP, ponerme una americana, y ahí sí verlas más de cerca. Desde una conexión argentina no podés ver las islas en el Google Earth. Como que es un lugar detenido en el tiempo, también por eso me interesaba trabajarlo. No me interesaba trabajar el evento guerra; sí, siempre está, es imposible no hablar de la guerra. Es como cuando escribís poesía y no usás la rima; estás pensando en la rima, sigue estando, y cuando aparece la sacás o la dejás. Por eso no me interesaba trabajar la temática directamente. El tema en sí del libro, o la hipótesis con la que yo me manejé, era: las malvinas no existen. Yo nací en el 83, nunca se supo nada de Malvinas. Viví la etapa que se llamó “desmalviniazción”. Recién ahora el kirchnerismo empezó a mover un poco, hicieron el museo, hay una cosa de rescatar la memoria por ese lado, que es también un poco como el capital simbólico del kirchnerismo.

–Bueno, de hecho a la segunda parte del libro le pusiste “La isla de los pingüinos”.

–No lo había pensado. A lo que es la estuctura de las clases sociales, o las que interactuan en la isla, sí, los pescadores eran los peronistas, por ejemplo, había una cosa social que fui armando. Pero lo de los pingüinos no me había dado cuenta.

–Y el personaje que lleva adelante la historia, en esa estructura, ¿qué sería?

–No sé… Un kirchnerista converso.

–Estás en Wikipedia. Dice que trabajás como asesor político. ¿Lo seguís haciendo, para quién?

–Hago comunicación digital, trabajo como docente y para el Ministerio de Educación en eso, con Conectar igualdad. Trabajé con la diputada Gabriela Cerruti un tiempo largo, y después hago trabajos por ahí. Es un tema que me súper interesa, la política. Te quema la cabeza pero es un laburo que me gusta.

–También dice Wikipedia que trabajás como DJ.

–No tengo mucho tiempo, pero a veces. Yo estudié música de chico, tocaba la guitarra. Después lo dejé, y apareció todo esto de las máquinas, entré en ese mundo y salió una cosa que tengo ahí, quizás la frustración de no haber sido músico. Las primeras veces que toqué en algunos lugares era como una lectura. Pero los hacés flashear más. Le pegás más profundo a la gente, los vas llevando a lugares. Me gusta mucho. Ojalá pudiese vivir de eso.

–¿Preferirías vivir de eso que de escribir?

–No sé. La escritura para mí es un proyecto político. Como DJ no podés tener un proyecto político. Es una cosa mucho más efímera. Física, también. En cambio, en la literatura estás siendo un sujeto histórico. La música electrónica es increíble lo rápido que va, va muy muy muy muy rápido. El rock se quedó en los setentas, no pasó nada superior a los setentas, sesentas: no vino nada mejor que Los Beatles. Te pueden gustar un montón de bandas contemporáneas, pero mejor que Los Beatles no hay. En cambio en la música electrónica cada día aparece un pendejo de 19 años que no podés creer lo que hace. Es una cosa muy fuerte, muy rara.

–Y con la litreatura ¿sentís que también se puede pensar en esos términos, o que se puede todavía hacer algo?

–Me parece que es distnto. Nunca lo había pensado. Pero, quizás, poniendo como lo paradigmático a Borges y a Cortázar, si querés, como algo más sensible, sí, yo pienso que pueden venir cosas. Y que el tipo que está en contra de la época es un tipo que está en otra época, básicamente.