Momofuku libros

Volver al inicio

Las islas malditas

Por Guillermo Tangelson | Fuente: Revista Aglaura

bc37bb_912fe5a8d49d4941af8ff6d377d057df.jpg_srz_p_203_308_75_22_0.50_1.20_0

La construcción. Metales radioactivos en las islas del Atlántico Sur

Carlos Godoy

Momofuku, 2014

146 páginas

Para hablar de La construcción, hay que poner cuatro cosas en contexto.
En primer lugar, a Carlos Godoy, irreverente, ácido, preciso como un entomólogo y portador de una lúcida crueldad que conocíamos de su inquietante Can Solar o su ingeniosa Escolástica Peronista ilustrada, y que ahora impregna este relato sobre los seres imposibles (o improbables, para ser más justos) de estas islas malditas, estas manchas fantasmales del Atlántico Sur.
En segundo lugar hay que hablar de Momofuku, nueva editorial encabezada por Hernán Vanoli y Lola Copacabana que se está presentando en sociedad con éste y otros cuatro libros que forman un menú más que interesante, que incluye, entre otros, a la esperada reedición de 76, de Félix Bruzzone, con bonus track. Hernán Vanoli, uno de los artífices de Momofuku, es conocido por el muy buen catálogo que ofreció con la editorial Tamarisco y es de esperar un catálogo cuidado de manera minuciosa.
Los otros dos puntos a poner en contexto son las Islas Malvinas, ese no lugar, esas manchas en las que trascurre la historia, y al “marinero Fogwill”, a quien Godoy rinde homenaje, al dedicarle el libro. De esa forma, así como Los pichiciegos representó una nueva forma de pensar Las Malvinas cuando fue escrito, Godoy levanta el guante y aumenta la apuesta en un libro que el autor se propuso publicar cuando se cumplieron 30 años del conflicto en las islas del Atlántico Sur y que, esencialmente, presenta unas islas nunca antes narradas, con referencias cruzadas, y homenajes cifrados a la literatura que se dedicó a interpretar las islas. En palabras de Carlos Godoy, “Malvinas representa le herida patria más reciente en la historia argentina y al mismo tiempo el mayor interrogante sobre la nacionalidad y la patria. Esos dos conceptos fundamentales en la unión o cohesión entre estado y ciudadanos.”

La construcción comienza con la mágica e inexplicable división de las islas, dos manchas enfrentadas como un test de Rorschach (imagen que habilita a Godoy a trazar un mapa imposible, una representación personal de su versión de esas manchas, donde esencialmente todo vale). Este mito de origen incluye criaturas submarinas que alejan las islas cada noche; habla de profecías acerca de bolas de fuego que acabarán con todos; de un hombre que tiene treinta ovejas con las que predice el clima; Kelps de hijos deformes y locura en cada brizna por la fiebre de los matorrales; geólogos con actividades difíciles de descifrar; y también habla del chino Chen Chin Wen, que controla la técnica de las cuatro dimensiones. Un universo de geografías improbables y límites difusos.

El relato se construye en tres partes. La primera recuerda a los diarios de viaje de Marco Polo, con breves apartados en los que presenta el universo en pequeñas dosis, como quien inocula un veneno.
La segunda parte, más anclada en la mirada de un personaje en particular, pone en juego los límites de la fiabilidad de nuestra percepción en los confines de la cordura. La tercera parte presenta con mayor detalle a los geólogos que de alguna manera descubren un inquietante libro dentro del libro, también llamado “La construcción” y, como si fuera una Biblia, un I-Ching, o un oráculo, lo consultan en busca de respuestas. En busca de un plan.
En esa búsqueda, los geólogos encuentran pasajes como el siguiente: “Una mancha debe persistir. Debe alcanzar la materia viva. Debe tenerse hacia arriba, construirse con materiales nobles y duraderos. Después hay que llamar al fuego, después hay que subir las aguas, después hay que sentir la furia.”

El tono científico de Godoy recuerda al realismo delirante de Laiseca, o a los giros inesperados de Aira. Con solemne desenfado expone a cada habitante en un coro monstruoso que clama tragedia en aquellas inabarcables islas malditas.