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Las redes invisibles de Sebastián Robles

Por Bruno Bauer | Fuente: Panamá Revista

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El año que se llevó a Cerati nos trajo Las redes invisibles de Sebastián Robles y, de la misma manera que la muerte del músico era una sospecha desde el 2010, algunos de los relatos de Robles ya habían aparecido como recuerdos del futuro, como no podía ser de otra manera, en la web, en este caso Revista Paco. Ahora están editados, en papel y con las tapas alucinantes deMomofuku.

La referencia a Ítalo Calvino en el título y el epígrafe permite trazar un círculo imperfecto en el queLas ciudades invisibles de Calvino reescribe el libro de Marco Polo y toda esa tradición de relatos de viajes de los siglos XIII a XV que hoy se estudia como primera forma de discurso sociológico y que los utopistas de los siglos XVII y XVIII tomaron como terreno para construir sus sociedades perfectas e irreales hasta que el mundo fue enteramente conquistado, conocido e imaginado, y se esfumó así la frontera entre lo primitivo, oscuro y misterioso, y lo moderno, es decir, aquello que somos capaces de absorber en ese sistema de referencias y juicios que llamamos cultura, entonces el nuevo territorio para la reconstrucción de lo ideal, fantástico y misterioso fue precisamente el sustrato material y pastoso de ese sistema de  referencia y juicios, los libros, sobre los que Schwob, Borges, Eco, etc… construyeron sus imaginarios de autores falsos, citas apócrifas y reseñas a títulos que, si no existieran, habría que inventarlos. Las redes de Robles vienen a intervenir en esa tradición desde la nueva tierra con que están hechos nuestros sueños, luego de las islas del día de antes y los libros de senderos que se bifurcan: la web. La tradición y la novedad de la propuesta de Robles sale a la luz en Tlön, uno de los relatos de Las redes invisibles, cuya genética borgeana va mucho más allá del título para demostrar cómo la web tienen muchos mayores recursos para cumplir esa pesadilla que aquel cuento escrito entre 1940 y 1947 dejaba en manos de la Enciclopedia Británica.

Ese nuevo espíritu de literatura fantástica se ve enriquecido por una voz narrativa austera, ajustada, casi mínima, que en la novela anterior del autor, Los años felices, subrayaba el candor con el que el protagonista asistía a su educación sentimental en plena década del noventa, y ahora marca una distancia aséptica para describir los monstruos que deambulan por los pasillos en donde se cruzan las luces de la web y las oscuridades de la naturaleza humana. No es la primera vez, y mucho menos la última, que la literatura argentina visita esos pasillos, pero las condiciones sociales y las sensibilidades cambiaron. Forzando un poco las cosas podemos marcar tres estadios de la web en la literatura. En el primero de ellos, internet, aún para los más críticos, es una promesa, una extensión de las posibilidades humanas, y la referencia aquí es Los cuerpos del verano, de Martín Castagnet, en donde la web es el lugar a dónde vamos luego de dejar nuestros cuerpos en la Tierra, y el espacio desde donde negociamos la compra de nuevos cuerpos para retornar, ocupando así el podio de las dos instituciones más perfectas que el hombre pudo imaginar, si no practicar, el cielo y el mercado. Un segundo momento es el de la disputa por el control de ese espacio perfecto, tal como aparece en los cuentos de Nicolás Mavrakis, Fireman y No alimenten al troll, foristas rabiosos, terroristas del spam, trolls sádicos y comentaristas en armas dando la batalla cultural y económica por ese no lugar sin reglas ni jerarquías en el que todos quieren mandar. Robles viene a correr el telón del tercer acto del drama de la web, la melancólica melodía de la decepción: internet no va a curarnos las heridas, las redes no son lo que prometen. Un foro de páginas que llevan a otras páginas hasta llegar a un post banal y desolados, una red de encuentros que nos promete el amor de nuestras vidas aunque no sea el que pensábamos, una página que fabrica sus propios fakes y virales, un edificio que intenta reproducir la red y es caótico, un foro que establece requisitos de estilo inalcanzables para darnos acceso a una página abandonada, una antiquísima red social argentina que termina en un sótano con viejas ediciones de autor y olor a muerto. Es que la web de Las redes invisibles es una suerte de paisaje apocalíptico postnuclear con blogs abandonados, foros desiertos, comentarios perdidos como un graffiti en la pared de un derrumbe. Si en Los años felices Robles cerraba una década que sobrevive en nuestro imaginario por los objetos que el mercado fue sedimentando en nuestras vidas (esas remeras de rock, gaseosas y cervezas, pasajes a Brasil, cedés y vhs que la novela acumula en la narración), ahora se aboca a arqueología de bits, el rastro de una cultura material sin materia, leyendas urbanas viralizadas, spam y excursiones a la deep web, como un Champollion que descifra para nosotros lo que nosotros mismos decimos en la red de redes y recurre para ello al más sincero de los lenguajes, la ficción.

“¿Qué es el lenguaje si no una red social?” se pregunta uno de los relatos, “vivir es emitir señales de vida”, afirma otro. Las redes invisibles parecen estar inscriptas en nuestro ser, con anterioridad a la fibra óptica y el html, como lo sugiere la infancia del Hans Ludwig Siebel en Tod, o la historia deCrítica, el más bolañesco de los relatos. Si la promesa de internet parece incumplida, la propuesta de Robles no es sentarnos frente a la computadora a llorar, sino seguir por la línea sinuosa de la web, la distancia más corta, a la vista de los obstáculos, como los protagonistas de Hospital.“Aunque nos quedara mucho tiempo y confusión por delante. Porque nos habíamos encontrado, ignorábamos las mismas cosas y en esa versión de los hechos, quizás ya estábamos curados”. La web es lo que hicimos con lo que hicieron de nosotros.