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“Malvinas” como problema

Por Patricio Pron | Fuente: Eterna Cadencia (Lo que está y no se usa nos fulminará)

1.

Una cierta cantidad de textos literarios y culturales nos ha habituado a creer que sólo se puede hablar de “Malvinas” en relación a la guerra que enfrentó a la Argentina y a Reino Unido en 1982; desde ese año (y más específicamente, desde la fundacional Los Pichiciegos), escribir sobre “Malvinas” (incluso de forma parcialmente abstracta, como en la notable novela de Patricia Ratto Trasfondo) ha sido escribir sobre ese enfrentamiento armado, lo que ratifica la afirmación realizada por María Laura Guembe y Federico Lorenz en el libro Cruces: Idas y vueltas de Malvinas (Buenos Aires: Edhasa, 2007) según la cual «”Malvinas”, desde 1982, significa, sobre todo, “la guerra”».

 

Vale la pena detenerse en el “sobre todo”, por supuesto, ya que me parece evidente que, en tanto significante, “Malvinas” es algo más que una guerra: es la guerra (sí), pero también la derrota y una serie de imágenes y frases hechas adherida a ella que (pretendiendo revelarla) la oculta, como si la inflación retórica de los tópicos más habituales en la discusión acerca de “Malvinas” (el excombatiente, el principito, el Pucará, los gurkas, el manto de neblina, el Exocet, la tableta de chocolate, las camperas verdes, los “chicos de la guerra”, el “seguimos ganando”) contribuyera a su oclusión. De ser esto último cierto, la literatura argentina acerca de “Malvinas” (la producida en Gran Bretaña es prácticamente inexistente, lo que pone de manifiesto, una vez más, que la derrota militar supuso en el plano simbólico un cierto tipo de triunfo para la sociedad argentina, debido a la literatura que esa derrota produjo y en virtud de que la pérdida de las islas las volvió omnipresentes en la cultura del país: de hecho, es difícil “abandonar” Malvinas por más que se lo desee, ya que, en términos simbólicos, “Malvinas” está “por todas partes” en Argentina) sería (al margen de las opiniones políticas de sus autores, que nunca son relevantes a la hora de evaluar los “efectos” que sus textos producen) una cierta forma de apaciguamiento, una inflación retórica que cauterizaría la herida que es “Malvinas” en el cuerpo (en ocasiones, y bajo cierta luz, macilento) de la cultura argentina contemporánea.

2.

Quizás Argentina esté “curándose” de Malvinas mediante una serie de productos culturales que podrían ordenarse en un arco que recorra la distancia que media entre el cuestionamiento del consenso y el consenso mismo, entre la afirmación y su parodia (entre, digamos, Los Pichiciegos y el filme de Tristan BauerIluminados por el fuego); si esto es así, tal vez sea necesario insistir en el hecho de que el apaciguamiento y la cauterización son lo peor que podría sucederle a nuestra cultura en relación a “Malvinas” y al recuerdo de sus muertos, puesto que “Malvinas” ha sido y es más útil a la cultura argentina, más que como problema resuelto, como herida, significante, perturbación, anomalía.

Al terreno de la anomalía pertenece también La construcción. Metales radioactivos en las islas del Atlántico Sur de Carlos Godoy, que es una novela sobre “Malvinas” en la que la guerra no tiene lugar: se ha producido ya o va a producirse, nunca queda claro.

La construcción se articula en torno a esa ambigüedad y a la disonancia cognitiva que se produce toda vez que el lector trata de asociar lo narrado con aquello que sabe acerca de “Malvinas”. Aquí hay “kelps” que conciben hijos deformes, chinos que aparecen y desaparecen, unos geólogos que trabajan en una construcción inexplicable, pájaros gigantes que se precipitan sobre los niños que salen del colegio, pescadores que practican el contrabando, clanes, niños que nacen muertos y vuelven a la vida, un meteorólogo que vive en una montaña, etcétera. No importa que el modo narrativo dominante sea el del informe, en La construcción nada se explica ni se fundamenta y el lector queda librado a sus propias preguntas. ¿Quiénes son los “kelps”? ¿Quiénes son los que no son “kelps”? ¿Quién narra este libro? ¿Qué es esa luz que brilla en el mar? ¿Qué finalidad persigue la construcción de los geólogos? ¿Por qué nadie puede abandonar las islas? ¿A qué se debe la deformidad de los hijos de los “kelps”? ¿Quiénes son los seres de «piel verde y una visión nocturna muy desarrollada» que habitan en el submundo?

Quizás estas preguntas sean respondidas en otros libros (La construcción es anunciada como la “primera de una saga”), pero lo interesante de este libro de Carlos Godoy es que, en la medida en que propone más preguntas que respuestas, reactiva el significante “Malvinas” como problema y devuelve a la literatura sobre el tema la inquietud y la provocación que la repetición de los tópicos mencionados más arriba ha restado a decenas de textos.

Al igual que en Trasfondo (que desplazaba el enemigo a la condición de punto en el radar, la acción bélica a la de una actividad mecánica sin resultados claros y el escenario de guerra a unas islas nunca vistas), La construcción prescinde de los tópicos acerca de “Malvinas” y, por consiguiente, sirve con mayor eficacia a la pervivencia de “Malvinas” como elemento sustancial, vertebrador, de la visión que los argentinos tenemos acerca de nosotros mismos y de nuestro pasado. No importa demasiado que la segunda mitad del libro carezca de la tensión narrativa de la primera ni el hecho de que algunos pasajes parezcan prescindibles (lectores de otro tipo lamentarán una cantidad relativamente importante de erratas en la edición); lo que importa es que La construcción se opone tácitamente a la visión que equipara “Malvinas” con “guerra” (asunto sobre el cual vale la pena leer El país de la guerra, en uno de cuyos capítulos Martín Kohan realiza una doble operación necesaria: analizar “la guerra” en “Malvinas” y “Malvinas” en el marco de las formas nacionales de representación de lo que llamamos “la guerra”) y está en las antípodas de aquellos textos que, en su repetición de una forma consensuada de recordar “Malvinas”, han desactivado políticamente el tema. En La construcción, “Malvinas” son “las manchas”, dos manchas de Rorschach en las que no hay nada, excepto lo que uno desee ver en ellas. “Malvinas” son nuestro test de personalidad, parece decir Godoy; es un mérito muy importante de su autor el permitirnos proyectar una vez más nuestros anhelos y nuestros interrogantes en ellas en lugar de ocluirlas con la acumulación de lugares comunes.

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