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Sobre “La extinción de los coleópteros”

Por Diego Erlan

(Texto leído en la presentación, el 10 de octubre, en Eterna Cadencia)  

Apunto algunos detalles para mi autobiografía prematura: pasé mis veranos en un pueblo de Santiago del Estero, casi en el límite con Catamarca, que se llama Frías. En ese lugar viven dos tías, hermanas de mi padre, que fueron maestras rurales. Una es viuda y la otra soltera. Una ocupa sus mañanas obsesionada por la limpieza de la casa y sus tardes yendo a la peluquería; la otra se ocupa de sus plantas en el fondo de la casa. Suelen entrar ladrones por la tapia del fondo pero ella, la que está obsesionada por las plantas, la que es mi madrina, los persigue a escobazos porque fueron sus alumnos y a ella le resulta inadmisible una inmoralidad semejante: ella no les enseñó a robar. Ambas, a su modo, están locas. No soy el único que tiene la sospecha de que en algún momento una de las dos matará a la otra. Si aún no sucedió se debe a que una de las dos está oportunamente medicada. Hay un tercer hermano, el menor, que vive en las afueras del pueblo, en una villa construida por la empresa cementera Loma Negra en la cual también trabajó mi abuelo, uno de los fundadores del partido peronista de Frías. Mi tío no habla demasiado. Está casado con una mujer que odia a mis tías y mis tías a ella. Mi tío era fanático de los Bee Gees. Me acuerdo los discos de pasta que guardaba en el living. Para festejar fin de año siempre nos reuníamos en su casa junto a la ruta. ¿Por qué hablo de mi familia? Resulta que cada vez que nos juntábamos a comer en la casa de mi tío, el quincho y el patio de esa casa empezaba a invadirse de insectos alrededor de la luz eléctrica. Aquel patio se llenaba de unos escarabajos que llamábamos Juanitas. Era un insecto repugnante que al sentirse amenazado decíamos que te meaba: largaba un líquido nauseabundo que se impregnaba en la ropa y, según decían mis tías, hasta podía dejarte ciego. Por entonces no sabíamos que esa era la manera que tenía la Juanita de defenderse de sus depredadores. Nunca soporté que las Juanitas caminaran por las paredes del lugar, que se te metieran por la ropa, que uno las pisara sin darse cuenta. Entonces no lo sabía: pero las Juanitas siempre están cerca de la luz ya que su alimento son los bichos atraídos por la luz eléctrica además del material vegetal y la carroña. Hay una escena en La extinción de los coleópteros donde aparecen Juanitas, pero Diego Vargas Gaete las llama Peorro, que son la variedad chilena de este escarabajo. Los coleópteros, pienso, son como las familias: conviven con nosotros, a veces funcionan de manera imperceptible, pero si uno presta atención a sus particularidades, si uno se acerca y se enfoca bien en ellas encuentra que se trata de universos sumamente extraños, sórdidos, oscuros, en algún punto hasta monstruosos. Me acuerdo al principio de Terciopelo azul, la película de David Lynch: en cámara lenta observamos cómo coexisten dos niveles existenciales: el bien que se refleja en la superficie de las cosas y el mal que se esconde en el mismo jardín, hermoso, soleado, pero en un nivel más profundo, introducido de forma figurada en la película mediante un plano microscópico que muestra a los insectos que devoran la materia orgánica en putrefacción. Ese plano microscópico es el que propongo para entender la relación entre los coleópteros y las familias. Es el plano que utiliza Vargas Gaete para narrar las constelaciones alrededor de la historia secreta de la familia Kunz. No es un dato menor: tanto las Juanitas como los Peorros y las miles de variedades de coleópteros son coprófagos. Es decir: se alimentan de excremento. Toda imagen al parecer poética, en la naturaleza cumple una función específica. Ese trabajo que nos resulta sórdido, tal vez atroz, de alimentarse de excremento, de enterrar las heces, proceso en el que se empeñan los coleópteros coprófagos, resulta fundamental para la fertilidad del suelo. Retomo entonces el título de esta novela y me pregunto ¿qué pasaría si las miles de especies de coleópteros se extinguieran? ¿Qué desequilibrio se produciría en el mundo? En el núcleo de esta novela de Vargas Gaete late el efecto de ese desequilibrio. Si esto sucediera el paisaje de nuestro mundo sería el de un desierto. Una violencia silenciosa. Esa misma violencia (ese mismo desierto existencial) que Vargas Gaete retrata al construir este tratado de entomología humana. En La extinción de los coleópteros, pasado y presente se engarzan en su arquitectura narrativa, un territorio fragmentado, disperso, árido, en el que habitan personajes atravesados por sus metamorfosis constantes, por los pliegues de su identidad, por sus miserias. Vargas Gaete, hijo bastardo del Michel Houellebecq que supo escribir Las partículas elementales, propone un diálogo –en un mismo movimiento delirante y atroz– con la historia más oscura de Chile. El poeta es un parásito sagrado, entendió Houellebecq. A semejanza de los escarabajos del antiguo Egipto, puede prosperar sobre el cuerpo de las sociedades ricas y en descomposición, pero también hay lugar para él en el seno de las sociedades fuertes y frugales. La literatura, arriesgo, absorbe esa misma característica de los escarabajos: se alimenta de la materia en putrefacción de las sociedades y la entierra en su jardín para convertir nuestras miserias en el campo fértil de su desequilibrio.