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Bob Dylan camina por San Isidro

Por Gustavo Alvarez Nuñez | Fuente: Ciudad SI

Charla con Matías Amoedo, autor de “Efecto Tequila”: un libro sobre el cambio de paradigma sociocultural en los 90, el maldito amor y la zona norte de los Buenos Aires.

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El origen y el destino de la zona norte retratados en un triángulo amoroso que gira en torno al magnetismo de un personaje singular, Matías Amoedo presenta “Efecto Tequila” y Gustavo Alvarez Núñez investiga la fisonomía de la novela.

¿Qué es el destino? Es una pregunta que ninguno de los dos nos hicimos en lo que duró nuestro encuentro en La Sarita, un pequeño bolichón de Florida, donde almorzamos una rica milanga un mediodía donde el otoño aún estaba bendecido por un aroma primaveral. El destino decía, en la hoja de ruta de Matías Amoedo –nacido en el seno de una familia acomodada de Martínez hace 40 años atrás–, que se iba a graduar en una carrera como Administración de Empresas, que iba a casarse, que iba a tener muchos hijos, que los niños iban a ir a una escuela privada de alta gama, que todos los veranos la familia la iba a pasar en algún balneario de Punta del Este y demases.

Pero –siempre hay un pero cuando el destino saca a relucir su incandescente vara– Amoedo no cumplió con las expectativas que cierta sociedad pone en sus individuos. Es más, un día Amoedo tiró todo por la borda. Es un decir, en verdad. Ese “todo” fue por lo pronto abandonar su “futuro bienestar” en una corporación. Apuntar a escribir o todo aquello relacionado con la escritura (como dictar talleres literarios). Y poner el cuerpo en actividades y cuestiones más cercanas a su propio destino, no el que le imponía el statu quo.

El motivo de nuestro encuentro fue la llegada al mundo a fines del año pasado de Efecto Tequila, su primera novela, arropado en el flamante catálogo de MomoFuku, emprendimiento editorial del escritor Hernán Vanoli e Inés Gallo de Urioste (Lolita Copacabana es su alias), sello de ensayo y narrativa contemporáneos. Y la novela de Amoedo sobresale –para los vecinos de zona norte– porque transcurre en sus calles, en plena y polémica década de 1990, siguiendo las alternativas de tres amigos adolescentes, que van acomodando sus cuerpos a los desfases del tiempo.

¿Existe un disparador para Efecto Tequila? El disparador es una pelea que surge entre dos íntimos amigos (Max y Gastón) por una mujer (Gloria). Amigos de toda la vida que de un día para otro dejaron de hablarse para siempre. En su momento a mí no me quedó muy claro y empecé a escribir la novela para tratar de explicármelo.

¿Cuánto hay de tus amigos “reales” en los personajes que cimientan la novela, Max, Gloria y Gastón? Al principio mucho, al final poco. El Max de la vida real es mucho mejor músico que el de la ficción, pero más allá del colegio secundario, creo que nunca soñó o deseó convertirse en una rock star. Sin embargo, o tal vez por eso, hoy es un músico excepcional. Comparten algunas excentricidades, la casa, la composición de la familia, y algunas de las historias que se cuentan lo tuvieron como protagonista en la vida de real, pero no tan exagerado como en la novela. De Gastón y Gloria yo no era tan amigo, no llegué a conocerlos mucho. Por lo tanto hay algo de ellos, pero no tanto. En Gastón hay una convergencia de rasgos de distintos amigos y conocidos, en especial en su relación con Mara, en la búsqueda de la novia virgen y de “buena familia”. Gloria conserva su nombre original (no pude cambiarlo, y gracias a la novela hoy se puede decir que empecé una amistad con ella). Trabajaba de camarera en el restaurante y, según recuerdo, en esa época pasaba mucho tiempo en la casa de Max. Pero de su personalidad no creo que haya mucho, en realidad creo que en los tres personajes hay mucho más de mí que de ellos.

Los que narran la novela son dos testigos de la vida de un chico con ínfulas de rock star. El rock suele privilegiar el power trío. Los tres son los hacedores de un avistaje de los años 90, con sus dichas y desdichas. ¿Qué te llevó a tomar esas decisiones a la hora de narrar Efecto Tequila? En principio eran tres narradores, Max era uno de ellos. Mi intención era construir una novela al estilo La pista de hielo de Roberto Bolaño. Pero la voz de Max no me convencía, y luego me di cuenta de que los otros dos narradores potenciaban su figura “mitológica” de rock star. El personaje de Max creció muchísimo al quitarle la voz y también las historias paralelas de los narradores, en especial la de Gastón y su mujer.

Estos testigos en sus papeles de narradores parecen no poder salir de ese rol. ¿Qué esperabas develar en ese rodeo? Max es de esas personas que tienen cierto magnetismo y logran que todos vivan en función de ellos. En el caso de Gloria eso está claro, ella se va pegando cada vez más a él y termina transformándose en una especie de madre para los cuatro hermanos. Se da cuenta de que la casa se la está devorando, y sin embargo se deja estar. Esto se explica porque su familia es mucho peor que la de Max, al menos para ella, y prefiere hundirse en ese lugar antes que seguir con lo que la vida tenía planeada para ella: estudiar una carrera, casarse con un ingeniero, tener hijos, etc. En Gastón es distinto, al principio la manera de ser de Max lo atrae, casi más que a Gloria, pero creo que él comprende que algo no está bien y forma su familia para alejarse un poco de ahí. El problema es que forma la familia equivocada y Max termina siendo un sosiego dentro de su vida.

Creciste en la zona norte y tu primera novela utiliza como telón de fondo los contrastes que hacen a la vida diaria de sus habitantes. ¿Quisiste desenmarcarte de los estereotipos sobre San Isidro y aledaños? Totalmente. Al menos mi intención fue que los personajes principales fueran lo más complejos posibles y alejados de cualquier estereotipo. Si bien hay mucha gente que se parece a esos estereotipos, encontrás personas como Max, Gloria o Néstor, y que, al menos a mí, me reconcilian con la zona.

¿Qué buscabas descifrar al cruzar los distintos universos que hacen al mapa social de la zona norte? (Por ejemplo, los choques de miradas y estilos entre las familias de Gastón y su mujer) Creo que cuando cruzás distintos universos, en este caso clases sociales, ponés en juego tensiones que en definitiva son las que terminan de armar la novela y darle una identidad. En los años 90 la billetera comenzó a “matar” apellido. El apellido y el origen fue la última barrera de las familias tradicionales ante el avance de los “new rich”. Recuerdo, por ejemplo, que a mediados de los 80 el Beto Alonso quiso asociarse al Club Náutico (dicen que jugaba muy bien al golf) y no lo dejaron por su origen y pasado de futbolista. Hoy en día, tanto en Las Lomas como en la infinidad de countries de la zona norte, llegan familias a establecerse desde todas partes de la provincia. Tal vez el último reducto de la aristocracia sanisidrense haya quedado encerrado entre las vías y las barrancas que dan al río. Si bien el rugby sigue siendo el deporte por excelencia, no creo que a ningún padre de San Isidro hoy le disguste la idea de tener un hijo futbolista y millonario. Probablemente mi intención haya sido reflejar el cambio durante esa década, pero en el fondo se trata del comienzo de mi cambio personal.

¿Por qué Bob Dylan se reencarnaría en San Isidro? Por qué, no lo sé. Tal vez hoy sería un cantante de covers, o de canciones de misa, o jugador de rugby. En la novela, Max dice que si Dylan fuese argentino, Charly sería contador. En todo caso, está bien que Dylan naciera donde nació.