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Entrevista a Félix Bruzzone

Por Martín Caamaño | Fuente: Inrockuptibles

Cultor de un realismo que se enrarece, Félix Bruzzone viene hilvanando, en una serie de libros, algunas miradas sobre sus temas recurrentes, como los secuestros, los desaparecidos, la familia y la militancia. Su nueva novela –Las chanchas–, situada en Marte, y la reedición aumentada de su primer volumen de relatos –76–, germen de todo lo que vino después, son la excusa para conversar con un autor que parte del extrañamiento para llegar a escenas cotidianas y reconocibles, como las que le suceden en el conurbano bonaerense.

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Allá por 2008, Félix Bruzzone (1976) irrumpió en el panorama literario local con dos libros: el volumen de cuentos 76 –editado por Tamarisco, sello del que es cofundador–, y la novela Los topos. Lo primero que llamó la atención, además de su estilo contundente y cristalino, fue su forma de aportar una nueva mirada sobre un tema áspero y recursivo como es el de los desaparecidos en la última dictadura militar. La mirada de Bruzzone –él mismo es hijo de desaparecidos– no fue tanto la de los hechos en sí sino la de sus consecuencias, la mirada incómoda del hijo, proponiendo un close up radical hacia la intimidad de los residuos latentes de esa parte de la historia. En el 2014, junto con la reedición de 76 con dos cuentos agregados, a cargo de la flamante editorial independiente Momofuku, Bruzzone lanza una nueva novela que, al igual que Los topos, también lleva por título el nombre de un animal. En Las chanchas, que en la jerga es la forma en la cual se refiere a los secuestrados, el tema de los desaparecidos vuelve a aparecer pero esta vez con un tratamiento diferente, cercano a la parodia. El resultado, como siempre, resulta novedoso e inesperado. Teniendo en cuenta el revisionismo que hubo en los últimos años de esa parte de la historia, con Las chanchas Bruzzone interpela el más estricto presente, aunque paradójicamente el foco de la acción se centre en una instancia previa con respecto a sus otros libros. Aparecen los secuestros, el cautiverio, las marchas, pero en un universo completamente enrarecido que, a medida que la trama avanza, se va volviendo cada vez más reconocible.

ENTREVISTA> Me parece que Las chanchas es una suerte de cambio en tu narrativa, que tal vez ya se había empezado a anunciar en Barrefondo, como si fuera lo mismo de siempre pero diferente, ¿lo ves así?
Las chanchas no iba a medirse con nada de lo anterior. Y extrañar las cosas desde el principio, decir “Es una tarde cualquiera en el planeta Marte”, pretendía un poco marcar esa distancia. Sin embargo, a pesar de esa conciencia de alejamiento, siempre hay otra, mucho menos sumisa, que lleva las cosas por donde ella quiere, y me hace volver sobre los lugares de siempre. La situación del secuestro de las chicas, inevitablemente, por más Marte que sea, por menos secuestro convencional que sea, trae a cuento los secuestros que hay en mis otras novelas. Ahí aparece un motivo, entonces. Algo que ya está trabajado antes. Y si bien ahora la perspectiva es la de los secuestradores, también estos secuestradores se desdoblan con el tiempo, y pueden ser vistos como rehenes de la situación que generaron. Sería una tontería decir que todos somos rehenes de algo, y que Las chanchas habla de esa condición que tenemos todos. Pero sí hay un trabajo de intentar precisar esa condición para una situación dada, para una serie de relaciones dadas, para el modo en que esas relaciones se desarrollan. Porque lo que hace la novela es desarrollar algo dado. Salvo la parte de Mara, todo el resto está en presente. Es decir, los personajes cuentan lo que les está pasando en el momento en que les pasa. Es una novela en vivo, y viva. Y la vida no transcurre en Marte, sino acá, a dos cuadras.

¿Cómo fuiste armando ese mundo extrañado en el que se desarrolla?
La escena inicial transcurre en la plaza que está frente a mi casa. Y yo, al igual que Andy, no tengo un tacho de basura: uso el de un vecino. Este vecino a veces me devuelve las bolsas y mis perras las rompen en la vereda, y tengo que volver a juntar la basura con las manos, y la cosa se pone muy cíclica, a veces, muy sorda, con cálculos sobre cuándo pasa el camión de la basura para que el vecino no llegue a devolverme las bolsas y cosas por el estilo. Pequeños entretenimientos para la vida suburbana entre las siete y las nueve de la noche. Esos incidentes vecinales, sin duda, podrían llevar a otra novela. Pero desde el momento en que el motivo pasó a ser el secuestro, el problema de la basura pasó a ser un telón de fondo. Porque hay muchas cosas en la novela. Pero sobre la basura se vuelve, algunas veces. Es un telón de fondo difuso, pero bastante ominoso.

¿Por qué Marte?
En realidad, la confusión la contagia Andy, el primer narrador. Para mí, está claro que no están en Marte. Marte primero surgió como un chiste. Como decir: voy a hablar del conurbano bonaerense, como siempre, pero no hace falta decirlo, digamos entonces que es Marte. Pero después vi que esa situación “marciana” podía servir para meter a Andy en su mundo. Él piensa que está en Marte porque no quiere pensar en dónde está realmente. Lo que nos pasa a muchos, ¿no? Finalmente, también me di cuenta de que estaba haciendo un homenaje a uno de mis libros favoritos, Crónicas marcianas. Y en el que los marcianos, como dice el último y hermoso cuento, son los humanos que viajaron allá.

En la Argentina estamos un poco acostumbrados a que cuando un escritor entra en el terreno del delirio, de lo insólito, por decirlo de alguna manera, se lo compare con César Aira. En este sentido, Las chanchas parece una novela deudora de Aira pero por contraste: en Aira, por lo general, el relato arranca en un registro más o menos realista, reconocible, y después se va enrareciendo. Vos hacés lo opuesto: desde el vamos, con la primera frase, planteás un universo propio de la ciencia ficción que, con el correr de la lectura, se va volviendo más cercano. ¿Tuviste presente a Aira cuando empezaste a armar la novela?
Suele proponerse a Aira como escritor faro de cualquier texto que tenga un poco de su olor. Los 90 pasaron hace más de diez años. A Aira nunca lo vi muy cercano. Tampoco lo leo. Nunca terminé una novela suya. Entiendo que rompe ciertos alambrados que era muy necesario romper. Me parece muy saludable esa libertad de niño en su mundo mágico. ¿Pero qué pasa en las zonas de contacto? ¿Qué pasa cuando todo, de golpe, es contacto? ¿Qué pasa cuando de golpe chocás de frente con un camión? Me reconozco más deudor de El terrorista y de El perseguido, de Guebel, por ejemplo, que son dos novelas que leí bien. Por otra parte, creo que la deriva (yo no lo llamaría delirio) de mis novelas viene de mis lecturas de Rejtman, un escritor absolutamente realista. Yo mismo me considero un escritor realista. En cuanto a cómo Las chanchas arranca extraña y se vuelve reconocible, creo que todo ese movimiento tiene que ver con el modo en que arma su mentira cada personaje. Andy vive en Marte. Mara vive en su inocencia infantil. Romina vive en el silencio de lo que hizo. La escritura más o menos extrañada de cada capítulo responde al modo de estar en el mundo de cada uno de esos personajes que son los narradores de la novela. En el fondo, Las chanchas también es una novela psicológica. No creo que a Aira le interese escribir algo así.

En los últimos años volvió a instalarse en el discurso político la palabra “militancia” y, en algunos casos, hay una banalización y una representación absurda de la idea de militancia e, incluso, de ciertos aspectos de la dictadura. Parte de ese estilo paródico de la novela, incluso la importancia que se le da a la representación en el texto –shows de magia, karaoke, grupo de cumbia, la marcha de los bastones–, ¿son una forma de reaccionar ante este estado de cosas? ¿La novela indaga sobre eso?
Hay varias cosas ahí. El problema de los desaparecidos fue un estandarte de casi cualquier militancia desde los primeros reclamos hasta acá. Militancia y desaparecidos irían de la mano. Sin embargo, con Blumberg algo se rompe. Pedir mano dura y reclamar por los desaparecidos no parece muy coherente. En esa zona tan contradictoria se formulan las más recientes declaraciones de Macri y de Massa, por ejemplo, que plantean un “derechohumanismo” de derecha. Pero esto es viejo. Hasta Estela de Carlotto salió alguna vez a decir algo de su escasa identificación con las Madres del Dolor. En la novela, Romina podría leerse también en esa bisagra. Viene de su militancia en H.I.J.O.S. y termina militando en contra de la inseguridad. Los reclamos, en su formulación, son idénticos. Frente a un secuestro: aparición con vida. Pero lo que hay atrás son cosas opuestas. Tanto que ni siquiera los padres de las chicas secuestradas están muy convencidos de lo que hace Romina, y terminan tomando caminos propios en sus búsquedas. Y Romina misma se ve envuelta en una suerte de autoengaño y busca inconscientemente expiar su “pecado”. Es como si deLos topos a Las chanchas la militancia hubiera cambiado de signo. Es como si la militancia se leyera como un movimiento hacia la derecha y como máscara de otra cosa. No quiero decir que esto suceda de esta forma o que la novela piense eso. Lo que la novela piensa es algo que está en todos mis libros: cómo la militancia nunca es lo que va al fondo de las necesidades de las personas. Los objetivos de la militancia siempre son colectivos, generales, y políticos. Pero las realidades particulares siempre se escapan de esos lugares de generalización.

Hay una pasaje, sobre el final del libro, que llama la atención: “A la hora señalada paramos en un camalotal y pescamos muchísimo. La fiesta dura media hora, no mucho más, pero es como si los armados saltaran directamente adentro de la lancha, como si les gustara venir a morir acá adentro”. Parece una escena un poco alegórica de la intriga principal de la novela, esa idea del secuestro medio inmotivado. El trabajo políticamente incorrecto con la idea del secuestro, ¿fue algo consciente? Esa idea de que las víctimas tienen sed de ser secuestradas, igual que los peces, que les gusta morir dentro de la lancha…
Hay una situación dada. La novela la desarrolla siguiendo las lógicas que se van chocando y encontrando. Lo alegórico existe si se puede hacer una relación punto por punto entre lo que se narra y algo muy reconocible del afuera. En Las chanchas eso no pasa. No existe ese cálculo. De lo que sí se puede hablar es de ironías, o de medias ironías. Las lecturas políticas pueden ser muchas. Una es la que vos mencionás. Otra es la que hace Hernán Vanoli, que habla de los hijos secuestrados por la política derechohumanística del kirchnerismo, y del uso que se hace de esos hijos, y de quiénes hacen usufructo de eso, quiénes no, cómo, etc. No tuve total conciencia de esto en ningún momento, y solo ahora, a partir de estas lecturas, puedo verlo un poco mejor, aunque siempre entiendo que se trata de interpretaciones. Sí tuve en mente, en cambio, la forma en que se componen las familias. Uno puede ser secuestrado por su propia familia, o por otra, y seguir adelante. Creo que la familia es el gran fantasma secuestrador de Las chanchas. Y ahí también entra la política, y se puede pensar, más que en la Argentina, en los modos en que se conforman las familias políticas.

Este año se reeditó 76, tu primer libro. ¿Cómo ves ahora, en perspectiva, esos cuentos, y de qué forma pensás que pueden dialogar con Las chanchas?
76 es un libro de derivas contenidas. El hecho de que se trate de un libro de cuentos ayuda a esa contención general. En las novelas, en cambio, se da una mayor inestabilidad y creo que resultan más incómodas. El diálogo con 76 está un poco siempre. Cualquiera de los cuentos podría haber resultado una novela. Cualquiera de las novelas que escribí después podría ser el desprendimiento de un cuento no escrito para 76. Siempre hay cosas que se repiten y resignifican de un libro a otro. Es evidente la continuidad de Las chanchas con Los topos, que era, a su vez, un claro desprendimiento de 76. La línea entre esos tres libros es lo que permite pensar en un proyecto narrativo que yo nunca pensé.

Estuviste en la Feria de Guadalajara, donde la Argentina era el país invitado de honor, estás traducido a varios idiomas, ganaste un premio prestigioso en Alemania. ¿Cómo creés que se leen tus libros en el exterior?
No tengo idea de cómo se leen mis libros afuera. A duras penas puedo ponerme de acuerdo con lectores mucho más cercanos. Hay lecturas de lo más insólitas. Guadalajara es una gran feria. La mejor experiencia fue haber visitado una escuela en un pueblo al borde de un lago. El pueblo se llama Jamay y los chicos prepararon una fiesta increíble.

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LAS CHANCHAS
(Random House) 224 páginas
76
(Momofuku) 209 páginas.

Foto: Alejandro Lipszyc.