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Federico Guzmán Rubio: “Escribo por curiosidad”

Por Fernando Hernández Úrias | Fuente: La ciudad de frente

A propósito de la publicación de su novela Será mañana en Argentina, platicamos con el escritor capitalino sobre el origen de la historia y de su protagonista, un hombre que recibió el don de la inmortalidad a cambio de dedicar su vida a la revolución.

 

 Federico Guzmán Rubio nació en el Distrito Federal en 1977. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y después viajó a Madrid para estudiar un doctorado. Allá, obtuvo el VIII Premio de Narrativa Caja Madrid con una colección de cuentos titulada Los andantes.

 Será mañana es su primer novela. Fue publicada en España por Lengua de Trapo en el 2012 y recibió muy buenos comentarios por parte de la crítica. Ahora fue reeditada en Argentina por Momofuku Libros. Platicamos con él sobre el origen del libro y su protagonista, sobre la utilidad de la literatura y sobre lo que puede hacer una persona común y corriente para rebelarse contra el sistema.

 ¿Por qué escribes?

No lo tengo muy claro, sobre todo cuando resulta evidente que cualquier cosa que uno pueda escribir será una redundancia o un pastiche. Me identifico con la idea de Marguerite Duras de que “escribir es intentar averiguar lo que uno escribiría siuno escribiera”: escribo por curiosidad.

¿Cómo llegaste a la escritura?

Como una consecuencia prescindible del acto de leer. Me gusta concebir la lectura como un proceso de escritura, y viceversa. Escribir no deja de ser una interpretación a la vez completamente vaga y tremendamente concreta sobre lo leído, y por tanto, sobre lo vivido.

¿Qué prefieres: leer o escribir? ¿Por qué?

Definitivamente, leer. Leer es una de las actividades que más disfruto; escribir es simplemente un capricho. Escribir bien puede verse como una pérdida de tiempo, con todo lo bueno que hay para leer. Encima, soy una persona bastante perezosa, cuando puedo darme ese lujo. Que batallen y escriban los demás: a mí déjenme leer. En todo caso, si queremos ponernos solemnes, lo que la literatura necesita ahora son lectores, buenos lectores, más que escritores. Pero ni siquiera aspiro a ser un buen lector; en todo caso, me gustaría convertirme en un lector único, con mañas y gustos y prejuicios y amores exclusivos, sin caer en los falsos esnobismos (los auténticos están bien). Cualquier lector verdadero es, por supuesto, un lector único.

¿Para qué sirve la literatura?

Para nada, por eso es tan necesaria, incluso subversiva, en estos tiempos obsesionados con la eficiencia y el utilitarismo. La literatura representa una de las formas más provechosas de perder el tiempo. Es curioso cómo el utilitarismo se las ha ingeniado para penetrar en el terreno literario, desde la prosa eficiente, como las maquiladoras, a la aspiración de algunos escritores con inquietudes políticas de “intervenir” en la realidad, como si la literatura fuera algo así como una ONG o una sociedad de beneficencia. La literatura no sirve para informar, para difundir ideas, para recrear una época, para defender una doctrina, para ser mejores personas, para mejorar la ortografía, para responder preguntas ni para plantear preguntas; simplemente, la literatura es la forma más efectiva que existe para matar el tiempo y, paradójicamente, para multiplicarlo.

¿Qué define, según tú, a un buen escritor?

Hay muchas formas de ser un buen escritor, desde los que se contentan con contar una buena historia hasta los que no cuentan nada de manera maravillosa. Del lenguaje casi puro, prácticamente despojado de su obligación de representar, hasta la narración plena, en la que pareciera que las palabras no son signos sino entes concretos, hay innumerables maneras de plasmar el hecho literario. A la literatura le gusta contradecirse todo el tiempo, y cuando parece que el barroco es la respuesta llega el minimalismo, y frente al gusto por lo esencial surge la digresión virtuosa, la reflexión fuera de lugar, y así, todo el tiempo, pasamos del orden al desmadre, del verso a la prosa, de la exuberancia al laconismo, de la cita a la vivencia, de la impudicia a la reflexión libresca, y todo vale si está bien hecho. En estos tiempos a veces aburre cierta uniformidad de estilo, tanta vida medio banal y medio interesante contada de la misma forma. Por eso aprecio los proyectos extremos, casi inoportunos, que todavía se emprenden: la prosa descaradamente personal, el sentido del humor que no aspira a decir cosas muy serias para que se lo tome en cuenta, el diálogo con la tradición y también con el presente, el arte de hacer hablar al lenguaje, de obligarlo a decir lo que no repite todos los días.

¿Qué es más importante: la historia o el estilo?

Ambas, pero rara vez hay un justo equilibrio; en el barroco el estilo era lo primordial, supongo que hoy en día el peso recae en la historia. No creo que haya grandes escritores que descuiden alguno de los dos aspectos. Pensemos en Cervantes o en Borges: son grandes narradores, pero también, a su manera, grandes estilistas obsesionados por la forma. Lo mismo sucede con nuestro Rulfo.

¿Quiénes son tus escritores favoritos?

Es difícil elaborar una lista: hay muchos y cambian todo el tiempo. Podríamos hablar de novelistas del XIX, de literatura centroeuropea, de literatura francesa, de los gringos (seguramente la literatura estadounidense fue la mejor literatura nacional del siglo pasado). A mí me gusta mucho leer literatura escrita en mi idioma, y me llama la atención la dispersión que ha habido desde que el Boom se desinfló. Así que más que adornarme mencionando a Proust, a Joyce o a LászlóKrasznahorkai, me gustaría citar novelas escritas en español en los últimos treinta años, o por ahí, como El traductor, de Salvador Benesdra; Sin remedio, de Antonio Caballero, Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo; Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada; Los ejércitos, de Evelio Rosero; Plop, de Rafael Pinedo; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; La mujer de sombra, de Luisgé Martín; Donde no estén ustedes, de Horacio Castellanos Moya; El trabajo, de Aníbal Jarcowski. Y no puedo dejar de mencionar a los compañeros de generación que más admiro, como Yuri Herrera, Hernán Vanoli, Alberto Olmos, Federico Falco, Jorge Carrión, Sergio del Molino, Rodrigo Hasbún, Alejandro Zambra, Julián Herbert o Juan Cárdenas.

¿De dónde obtienes ideas para escribir?

No lo sé, tampoco he escrito mucho. Pero supongo que de la literatura misma. Aunque ignoramos cómo será, la literatura futura ya se encuentra presente en la literatura pasada. Obviamente, no me incluyo en lo que vendrá, faltaba más, simplemente recalco la noción de que lo escrito surge de lo escrito.

Si tuvieras que nombrar un solo libro que te hizo ser quien eres ahora, ¿cuál sería?

El Quijote.

¿Por qué decidiste escribir Será mañana

Supongo que por una combinación de vivencias, obsesiones y lecturas. Escribí la novela en España, y el protagonista es un latinoamericano algo perdido en Madrid; siempre me ha obsesionado el tema de la revolución, tan miserable y tan utópico, y me atraía la posibilidad de escribir literatura política de otra manera, con menos convicciones, sin afán de denuncia, entendiéndola como lo que es: un subgénero del horror.

¿De dónde surgió el protagonista, Barrunte? ¿Cómo lo construiste?

Aparte de que él es guerrillero, inmortal y centenario, tenemos mucho en común. Los dos, como te comentaba, éramos latinoamericanos algo perdidos en Madrid, entre tanto vino y tanta zeta. Leo mucha literatura latinoamericana, y quería crear un personaje absolutamente latinoamericano, casi hasta la caricatura.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Supongo que completamente normal. Cumplía con mis obligaciones durante el día, al atardecer escribía un par de páginas y, cuando me quedaban fuerzas y ganas y algunas monedas, por la noche me iba en busca de un par de tragos.

¿Sólo los jóvenes pueden hacer la revolución?

Ahora que lo dices creo que sólo los viejos pueden hacerla. En teoría, los jóvenes son rebeldes casi que por obligación, pero también pueden ser radicalmente conservadores. Después de todo, tienen que integrarse a un orden, y cuando pretenden romperlo muchas veces es sólo para integrarse más cómodamente. Las revoluciones surgen del rencor, del hartazgo, del no tener nada que perder, cualidades casi inherentes a la vejez.

¿La única forma de mantenerse joven es luchando?

Prefiero la idea de luchar siempre a la de mantenerse siempre joven. Y, si me lo preguntas, creo que la única forma de lograr ambos cometidos es la curiosidad. Uno muere cuando pierde la curiosidad por el mundo, cuando se aburre.

¿Qué puede hacer una persona común y corriente para rebelarse contra el sistema?

Parece ser que no mucho. Las respuestas individuales, tipo consumo productos locales, gasto poca agua y reciclo la basura, no me convencen, y las colectivas, por fuerza canalizadas a través de organizaciones políticas, parecen condenadas a la impotencia o a la traición: del “todos son iguales” al “que se vayan todos”. Sin embargo, aunque no lo parezca, soy optimista. Estamos viviendo un tiempo de posguerra, en el que el Capitalismo se erige como el absoluto vencedor de todas las batallas. Esto ha ocasionado que la verdadera conquista de la izquierda, el estado de bienestar, conseguido en algunas partes y anhelado en otras, se esté desmantelando programáticamente. La consecuencia más patente de este proceso es que la desigualdad alcanza en todo el mundo, y sobre todo en México, niveles impensados incluso para las viejas aristocracias. La situación es insostenible, y tarde o temprano surgirá una alternativa. Lo único que tengo claro es que el cambio será global: más Trotski y menos Stalin.

¿Por qué crees que, si la novela ha sido tan bien recibida en España y ahora en Argentina, es tan difícil encontrarla en las librerías de México?

Ah, Fernando, lo mismo me pregunto yo. Quizás sea una especie de castigo: si tanto te gusta leer escritores españoles y argentinos entonces chíngate. A lo mejor hay algo de verdad en esto, y la novela sea poco compatible con el gusto literario mexicano. Sin embargo, yo la considero, y así lo atestigua el lenguaje en que está escrita, una novela completamente mexicana.

Escribes también literatura infantil. ¿Cuál crees que es la principal diferencia entre los libros para adultos y los libros para niños?

No creo que haya una diferencia esencial. A veces se escribe literatura infantil como si los niños fueran tontos, o con un afán didáctico muy marcado, como si el realismo socialista hubiera encontrado en este inmenso nicho una improbable forma de supervivencia. La principal diferencia sería la temática; hay temas, o más bien situaciones o conflictos, que por obvios motivos no parecen aptos para los lectores infantiles. Esto no significa que la literatura infantil sea de menor calidad; al contrario, muchas veces en que es más lúdica, más lúcida y más imaginativa que la de adultos.

¿En qué estás trabajando ahora?

La verdad, en nada muy concreto. Por circunstancias familiares y laborales tengo muy poco tiempo libre: sólo me queda tiempo para leer o para escribir, y prefiero lo primero. No soy un escritor de raza: a mí el cuerpo me pide acostarme, no escribir; nunca he sentido la necesidad de contar una historia, y cuando lo he hecho ha sido por entretenerme y por ver qué sale, como un niño que construye castillos de arena; tampoco considero que tenga nada demasiado importante que contar por el momento. Pero ya saldrá algo: los libros se empiezan a escribir mucho antes de que nos enteremos.