Momofuku libros

Volver al inicio

Feliz año nuevo

Por Patricio Zunini | Fuente: Eterna Cadencia

Por segundo año consecutivo se realizó el Felisa, festival de literatura de la ciudad de Santa Fe, en el que participaron Leonardo Oyola, Jorge Consiglio, Gabriela Cabezón Cámara y Beatriz Vignoli, entre otros.

Felisa

La librería Palabras Andantes —nombre bellísimo además de manifiesto tributo a Eduardo Galeano— queda en el Centro de la ciudad de Santa Fe. Está rodeada por zapaterías, bancos y negocios de electrodomésticos. Los dueños son Luis y Eugenia Escobar: ambos profesores, ambos santafesinos adoptivos —él es de San Justo, ella de Córdoba—, ambos con la inmodesta ambición de vivir de lo que les da placer. Palabras Andantes es despojada, casi fría. Un local angosto de paredes blancas, estantes pintados en tonos pastel y luz de tubo. Uno puede imaginarse que la versión actual de la librería no dista demasiado de aquella que, diez años atrás, vio Martín Caparrós mientras viajaba por el país para escribir El interior. Es una librería de izquierda, la definió en el libro: «Los libros, las revistas son lo que deben ser: la andanada de siempre. Se exhiben en una vidriera sin el menor glamour, ningún intento de seducción hacia el cliente: una idea de la estética de izquierda.» Esa estética tiene un correlato coherente en los contenidos: Palabras Andantes, tal como lo comprobó Beatriz Sarlo en una nota para Revista Ñ, no vende bestsellers. Además de libreros, los Escobar actúan como curadores de un proyecto cultural.

 

El éxito es un término relativo, sobre todo en este ámbito, pero, con la atención de no caer en distracciones por el bienestar económico de los primeros años del kirchnerismo —tenían una sola oportunidad, debían aprovecharla—, el crecimiento de Palabras Andante se hizo evidente. En pocos años la «fiambrería estalinista» que había visto Caparrós abría una sucursal en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Litoral y el matrimonio dejaba el fondo de la librería para mudarse a una casa chiquita, pero confortable, a dos o tres cuadras.

Libertad Demitrópulos publicó Río de las congojas en 1981; el año pasado fue recuperada por Ricardo Piglia en la colección “Series del Recienvenido” de Fondo de Cultura Económica. El propio Piglia dice en el prólogo que esta novela es una de las tres «obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata», junto con Zama, de Di Benedetto, y El entenado, de Saer. La protagonista, una mestiza que se llama María Muratore, que está casada con Blas de Acuña y es amante de Juan de Garay, viaja acompañando a la expedición que va a refundar Buenos Aires. En el camino se disfraza de hombre, une el amor con la guerra, vive múltiples aventuras. Ella es la protagonista, pero es Blas quien, ya anciano centenario, rememora los hechos «en la intemperie sin fin», dice Piglia, «de un paraje desolado junto a las ruinas de la primitiva ciudad de Santa Fe». María Muratore es, desde 2010, un nombre asociado a Luis Escobar: ese año, junto a otros tres emprendedores, inauguró María Muratore Ediciones con la idea rectora de publicar escritores santafesinos, de estar “al servicio de una ciudad que en una época tuvo editoriales y luego dejó de tenerlas”. La colección de libros, todos con la misma estética despojada de Palabras Andantes, lleva más de diez títulos.

Librero, editor, gestor cultural. Cuando en 2013, la Fundación Filba llegó a Santa Fe para realizar el segundo Festival Nacional de Literatura, fue Luis Escobar el contacto local que acompañó el proyecto. Aquella experiencia le dejó una certeza: la ciudad de Santa Fe debía tener un festival de literatura que se sostuviera en el tiempo. Así, nuevamente abriendo redes y conectándose con otros actores que intervienen en el espacio cultural, produjo el Felisa en 2014. Selva Almada, Iosi Havilio, Luciano Lamberti y Martín Maigua fueron algunos de los escritores que participaron en esa primera edición. Los debates se ocuparon de la literatura y el litoral en un sentido amplio, poniendo en cuestión las diferentes tensiones entre lector, autor, crítica, edición y mercados.

Felisa 2015

Jueves 6, viernes 7 y sábado 8 de mayo. Dos talleres, cinco paneles, una presentación de libros, tres noches de lectura y música. Treinta invitados, la mitad de ellos locales, todos menores de cincuenta años (algunos muy menores): Gabriela Cabezón Cámara, Alejandra Zina, Lola Copacabana, Beatriz Vignoli, Roque Larraquy, Juan José Burzi, entre otros.

Felisa es un festival nada pretencioso que pone el énfasis en el contenido. Los organizadores, robándole tiempo a otros trabajos y obligaciones, diseñaron un programa orgánico en el que cada mesa entra en secuencia con otra, a la vez que se continuan las temáticas abordadas en el Felisa anterior. Quienes asistieron a las diferentes actividades encontraron, si no algo nuevo —es difícil que en un festival surjan nuevas ideas—, por lo menos una mirada global de ciertas problemáticas de la actualidad literaria.

Resulta paradójico que para un año electoral los debates hayan derivado hacia lo mercantil antes que a lo político. Se podrá señalar, con razón, que hablar de producción editorial y mercado es política, pero no se bajó a tierra la política propiamente dicha: no hubo un balance cultural del kirchnerismo, no se especuló sobre los posibles efectos del PRO en Santa Fe, etc. Aquellos temas estaban mucho más presentes en los debates de la Argentina del 2011. Los invitados hablaron acerca de las tensiones del mercado, de cómo la mirada del lector influye sobre el propio autor y sobre si es posible para un autor vivir de la literatura. Preguntas clásicas de la agenda literaria, pero que cada vez tiene respuestas nuevas y, al tiempo que aproximan a una realidad, ayudan a comprender posturas e ideologías de quienes las dicen.

En los paneles hubo cordialidad: nadie quiere discutir rabiosamente con quien después va compartir una habitación o una comida. Pero eso no significa necesariamente que hayan sido frívolos. En la charla “De qué vive un escritor”, Jorge Consiglio, Leonardo Oyola y Carlos Godoy hablaron de los modos de producción del autor (“¿Hasta qué punto”, se preguntó Consiglio, “si te banca el Gobierno empezás a producir una estética en virtud del Gobierno?”) y del capital simbólico que da publicar un libro:

—Yo tuve la suerte de ganar un premio en España —dijo Oyola— y cuando volví lo primero que hicieron fue venir a felicitarme y pedirme plata prestada. Yo les decía que era un premio honorífico, que no me habían dado plata y ellos me bajaron la persiana porque creían que me había agrandado o que la estaba encanutando.

—En la farmacéutica donde trabajé —dijo Consiglio— les regalaban mis libros a algunos clientes, pero ahora que conseguí cierta independencia me ven como un lumpen. Ahora mismo no me contratan justamente porque piensan que soy medio loco: hay un imaginario en el que, a partir de ciertas decisiones como dejar el trabajo, te hace ver como un freak. El capital simbólico por momentos es genial y por momentos no te alcanza porque la relación con el mundo pasa por otro lado. Ser escritor es bastante secreto, bastante íntimo. La interacción de ese capital simbólico sirve para siete personas, pero cuando interactuás con el resto del mundo se sustrae y quedás invisibilizado.

—No sé si es una buena época para decir que uno es escritor —siguió Godoy.— Quizá en 1950 era otra cosa, hoy en día no sé. Yo en general no lo digo: digo que soy docente o asesor político, otros laburos que tengo. Pero tengo que admitir que determinados trabajos intelectuales míos se sostienen gracias a cierto estatus de escritor, como aparecer en medios o que mis libros estén en librerías.

Tal vez por tener pocas actividades, Felisa, a diferencia de otros festivales, contó con un volumen importante de lecturas. Las charlas se abrían con un cuento o una serie de poemas de un escritor local: así leyeron Francisco Bitar, Claudia Chamudis, Erica Rozek, Cecilia Moscovich y Santiago Venturini. Por las noches hubo una suerte de maratón de lecturas en la que participaron casi todos los invitados. Oyola leyó el primer capítulo de Ultratumba, Juan José Burzi el cuento “Las siamesas Benn”, Roque Larraquy el comienzo de Informe sobre ectoplasma animal. Fue interesante escuchar a Hernán Vanoli y Lolita Copacabana, ambos editores de Momofuku: leyeron los comienzos de sus novelas —la aún inédita de Vanoli y Alexandr Solzhenitsyn de Copacabana— en las que utilizaban el mismo procedimiento de la Alt Lit aplicado a diferentes ámbitos: académico en el primero, burocrático en la segunda. Beatriz Vignoli hizo la última lectura de la última noche: leyó un capítulo de su novela Es imposible pero podría mentirte (dejen todo y salgan a buscar ese libro).

En el panorama del Felisa 2015 se destacó el panel “Nueva Narrativa Argentina y las zanahorias que mueven el mercado”. Fue el primer encuentro del festival y marcó la tónica del resto. Participaron Alejandra Zina, Hernán Vanoli y Maximiliano Crespi, quien tomó el doble rol de participante y moderador. Comenzó con un análisis del mercado y la producción editorial en la Argentina a cargo de Hernán Vanoli. “El mercado”, dijo, “es una paradoja permanente”: si bien es posible configurarlo y hoy está hegemonizado por la ficción, debido a la gran fragmentación que tiene, ningún escritor puede vivir de sus libros. Además destacó que en la eterna división entre autores literarios y bestsellers, que complejizó como “autor de nicho” y “mainstream”, es la editorial Anagrama la que, con un catálogo con títulos de Houellebecq o Knausgard, consigue levantar un puente entre ambas categorías. Siguiendo siempre con Vanoli, ese modelo, el modelo Anagrama, es al que aspiran muchas editoriales independientes argentinas.

En ese mismo panel se dio un contrapunto entre Zina y Crespi: para Alejandra Zina, el buen momento de la literatura argentina actual es resultado en gran medida a la camaradería que a lo largo de los años se dio entre distintos colectivos, que tras la crisis del 2001 y la reactivación del 2003, se permitieron apoyar mutuamente en editoriales, ciclos de lecturas, talleres, etc. Para Crespi, en cambio, si la crítica recupera su espacio y se dedica a validar las producciones, aún a costa de romper ese espíritu de camaradería, la literatura va a tener un salto de calidad:

—¿Hasta cuándo podemos seguir con el “Club de la Buena Onda”? —se preguntó Crespi.— Hay cosas que la camaradería no nos deja ver. Es necesario que al interior de este pequeño movimiento se pueda habilitar el cuestionamiento para ver si hablamos de literatura o no sólo nos resistimos a los avances de las grandes editoriales. Hay cosas que tienen necesariamente que ser revisadas. Como lector, como crítico, muchas veces me pregunto qué está pasando, cómo me están usando.

—Yo no pienso en la crítica como la mala onda —respondió Zina.— No pienso en términos de buena onda, mala onda. En todo este proceso, hablo desde el lugar de la escritura, desde la generación de proyectos y de ciclos, la adhesión es un lugar donde estar, la crítica es otro. Ha tenido momentos deslumbrantes en los ’60, en los ’70, en los ’80; a partir de ahí es lo más rezagado. Es una escritura que en general se transforma en algo muy personal, muy vanidosa. Los críticos están pensando más en cómo van a ser vistos que en qué lectura nueva se va a producir, en destruir antes de empezar a leer.

El debate quedó abierto. Sería muy positivo que pudiera continuarse antes del próximo Felisa.