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“LA ANGUSTIA DE NUESTRA GENERACIÓN ES QUE NO SABE QUÉ HACER CON LA LIBERTAD QUE TIENE”

Por Brian Majlin (Fotos: Cecilia Salas) | Fuente: Página/12

Aun con sus diferencias, Juan Sklar, Lola Copacabana, Enzo Maqueira, Damián Huergo y Gonzalo Unamuno conforman un interesante vitral por el que se cuelan haces de luz púrpura en el éxtasis del reviente, pero también la luz negra de una angustia afín, que es generacional, pero también histórica.


Que la libertad, concepto esquivo e inasible, es el gran relato de la actualidad. Que el gran colectivo ahora es el mercado y que es allí donde se busca ser iguales. Pero que, como todo relato, siempre es ficticio. Que antes era privilegio de la comunidad, la democracia y el ser como ciudadano. Que hoy no. Que hoy hay seres consumidores. Seres usuarios. Seres cosas. A esa puesta en común arriba, puestos a discutir y discutirse, un pequeño grupo de escritores contemporáneos. La nueva generación del ‘80, ilustrada pero descontracturada y alejada de las esferas del poder, se arremolina sobre palabras –al fin y al cabo son escritores– y busca definirse, pese a la fútil tarea de la etiquetación. Todos nacieron en los ‘80 y aunque se alejen de las generalidades como quien huye de una sentencia, reconocen un marco común. Una coyuntura, una forma de consumir y ser constituidos por los consumos culturales que han anidado.

Narrar el mundo es dotarlo de sentido, es buscarle explicaciones e indagar en las inquietudes individuales –a la vez colectivas, de la aldea al mundo– de la Humanidad. La literatura, incluso la pasatista o evasiva, está cargada de reflejos: pinta escenarios, traza metáforas e idea artilugios textuales para decir algo. En esa conjugación de idea y materia se cuela una intención. Juan Sklar (Los 14 Cuadernos, Beatriz Viterbo), Lola Copacabana (Aleksandr Solzhenitsyn, Momofuku), Enzo Maqueira (Electrónica, Interzona), Damián Huergo (Un verano, Notampuán) y Gonzalo Unamuno (Que todo se detenga, Galerna) son partes de un mosaico que se nutre y expande al calor de la proliferación de editoriales pequeñas –o, aunque en menor medida, de grandes que apuestan a nuevos autores– y de una generación que encontró en las letras una forma de exponer y exponerse. Son, como las de Roberto Arlt hace más de medio siglo, letras ultraporteñas.

Sus novelas comenzaron a circular entre fines de 2014 y lo que va de 2015. Se leen, son reflejadas en la crítica y la prensa, discutidas, celebradas o castigadas. Se las cataloga de reviente, de drogas o ególatras. Son emergentes de un mundillo literato under que se encuentra en lecturas y pequeños encuentros. Expresiones apenas audibles de algo que está.

¿Pero qué tienen en común? ¿Es posible hablar de una generación más allá de la época de nacimiento?

Para Huergo es difícil, y se le nota. Piensa dos veces antes de aceptar su propia idea y, a regañadientes, acepta que hay “pares generacionales” para luego proponer una salvedad: “Cuando se habla de generación está bueno marcar que hay distintos archipiélagos, distintos núcleos, y son contemporaneidades que conviven”. Una especie de 100 barrios porteños literaturizado.

Unamuno toma la posta y demuestra que está cómodo en el rol de la sentencia. Y arriesga su idea en relación a la generación, aunque no la define, la circunda: “Lo que determina una generación es el perímetro en el que se mueve”. Menudo problema. ¿Cuál es ese perímetro? ¿Y es, acaso eso, determinante en su escritura?

Una primera definición en la que hay acuerdo es sobre los modos de producción: hoy son todos empresarios de sí mismos, autogestivos, puestos a emprender su camino, ser felices –el mandato de la felicidad y la búsqueda personal como emblema–, hacerlo redituable y promocionarlo en las redes sociales. “No es nueva la literatura del yo”, advierte Sklar, y es retrucado por Unamuno, que jugará por horas el rol del contra: “Pero no había redes sociales que permitieran a los invisibilizados ser su propia empresa”. En forma pacificadora, Huergo concluye: “Siempre estás escribiendo sobre lo que te pasó, aunque escribas de zombies”.

“Lo que yo intenté en mi novela fue hacer un énfasis en el lugar que ocupa el consumo en general en nuestra vida –añade Copacabana–, que a veces puede tener los mismos efectos u ocupar el mismo lugar que las drogas ilegales. Las ‘adicciones’ en general, el conflicto que puede traer aparejado prenderse demasiado de un objeto. Me interesa más hacer énfasis en los consumos que están legalizados, hasta legitimados, y por eso se vuelven más invisibles.”

Puestos a analizar la coyuntura de la que emergen coinciden en marcar un punto clave: la hiperatomización de gustos y consumos, las redes sociales como metáfora de que todo está al alcance de todos y que darse a conocer es sólo cuestión de voluntad. En ese nuevo mercado, con la autogestión como emblema, las ferias independientes, las editoriales pequeñas y la predisposición del público a leer autores noveles o jóvenes han cambiado el panorama. “Todos los mercados artísticos están hiperatomizados. Eso es una clara marca generacional de la cultura en general. Pequeñísimos nichos autosustentables, pero no hay ‘una cultura’ o ‘una generación de escritores’, sino muchas. Todo es el caos mismo”, arriesga Sklar.

¿Y producto de qué?

Sklar: De la explosión tecnológica, de que cualquiera puede publicar, de salas de teatro, de material fílmico, de posibilidad de editar, de editoriales pequeñas…

Maqueira: También la hiperescolarización: hay 400 licenciados de cualquier cosa en cualquier bar en que entres. Todos hiperinformados e hiperculturizados. Y la posibilidad de multiplicación de la visibilidad a partir de las redes sociales también.

Aunque al principio rehúsen hacerlo, la charla deriva en forma constante hacia el análisis de sus historias personales como marca de época. Son la generación que nació en la democrática década del 80, la que se libró de inhibiciones, se dedicó a ser fruto y producto del consumo y la mercantilización en los primeros ‘90 y la que perdió la inocencia en el argentinazo de 2001. Son, además, los que dejaron la cruz del rock en la masacre de Cromañón y debieron buscar nuevos relatos a los que aferrarse. Son parte de la argentinísima clase media que ha nacido para cuestionarse a sí misma.

Esa maratónica secuencia, que trajo aparejados más de un movimiento interno, hizo mella en los avatares generacionales. Y si en los ‘70 ser artista estaba mal visto y en los ‘80 constituía un camino difícil, los crecidos en los ‘90 se nutrieron de mensajes de autoayuda –en las factorías Disney o Cris Morena, da igual– y desandaron sus propios sueños.

Así lo marca Sklar, con una mirada sociológica sobre el rebaño: “Todo el mundo quiere ser artista, los padres quieren eso para sus hijos y es algo socialmente aceptado y hasta buscado. Ya no es un discurso under. Hoy todo lo mainstream dice ‘Hacé tu sueño, seguilo, lo que vos quieras’”. Maqueira acota que ser artista “ya no es una mala palabra”, y todos coinciden en que se trata de la generación del goce. La que ha venido al mundo a disfrutar. El problema, como puede leerse en las novelas que han escrito o en sus rostros al hacer un repaso, es que se han dado cuenta –los personajes y, con ello, ellos mismos– que tampoco en el goce puro estaba la felicidad.

Algunos hablan de que en sus libros hay reviente, drogas, pero se ve más un desencanto, una angustia generacional…

Sklar: Lo dice el amigo Unamuno en su novela: “Yo soy un hombre que pudo tener todo y se preguntó qué es todo”. El deseo los dejó a gamba. Todo eso que teníamos no funcionó.

Unamuno: La angustia de nuestra generación es que no sabe qué hacer con la libertad que tiene. Hoy tenés muchas posibilidades de prescindir de los grandes colectivos. El gran relato de la Nación o el quehacer colectivo no está más. Cada uno hace para sí mismo.

Huergo: Yo creo que no cayeron los grandes discursos: la libertad es un gran discurso, el gran discurso liberal. Y lo que unifica es el mercado. Que cada quien sea lo que quiera.

Sklar: Lo que consumimos también son experiencias. El viaje a Machu Picchu, consumir ayahuasca, el viaje al Sudeste asiático, flashear con la espiritualidad.

Esta generación del ‘80 es una que está en el presente como método de vida. La pregunta Facebook o Twitter del día: qué está pasando, qué estás pensando. La reflexión ha muerto y todo es material para exponerse en carne viva, sin siquiera dejar reposar los malestares. La literatura es, en ese mundo, un contrasentido. Una subversión.

¿Estas angustias de la libertad son las que los mueven a la literatura?

Sklar: Cuando sepa qué angustia me está empujando dejo de escribir y me dedico a ser feliz. ¿Sabés cuándo me doy cuenta de que la pasé bien? Cuando no abrí el puto Facebook durante una hora y media y me olvidé de las críticas y de todo. Escribir logra apagar todo lo otro.

Maqueira: Se cayó la religión, nos dijeron que habían muerto las ideologías, que habían muerto el amor y las relaciones y no quedaba nada a qué aferrarse. Me agarro de la literatura no como salvación sino como lo único que creo que puedo hacer.

Unamuno: En mi caso es un ejercicio de tiranía, ser el soberano de mi propio Universo. No jugar a ser Dios, pero sí un gran tirano.

Huergo: Escribir nos da la posibilidad de subvertir las normas establecidas. Y uno se engancha en ese juego de subvertir normas y, como dice Unamuno, ser soberano. No sé si es tan del escritor atomizado en individualidad, sino que a partir de ahí empieza a comprender su época y encuentra afinidad selectiva, encontrarte con otros en la misma.

No sólo de individualidad y atomización vive el escritor. Lejos de ello, buscan aferrarse a la materialidad para sentirse parte de algo: buscan, dicen, una literatura del cuerpo, que genere efectos concretos en el lector. Sklar, puesto a dar un cierre, da una vuelta de tuerca hacia el colectivo: “Si está caído cualquier relato unificador, ¿qué queda? El cuerpo. El consumo. El deseo. El mercado. O ir al cuerpo de verdad: el cuerpo, la víscera, te lleva al otro, a conectarte con el otro. Y en algún momento va a aparecer la comunidad”.

Los 14 cuadernos, Juan Sklar (Beatriz Viterbo) Un joven guionista de televisión, que odia su trabajo y debe quedarse todo el verano en Buenos Aires por él, recibe una invitación para ir a una casa del Tigre con un grupo de amigos y, al aceptar, entra en un pantano de amor, deseo, sexo, desamor y profunda confusión. De felicidad, de infelicidad y de relaciones perecederas como la de sus padres.


Aleksandr Solzhenitsyn, Lola Copacabana (Momofuku) ¿Cómo indagar sobre el crimen y el castigo en la Buenos Aires de 2015? Con esa pretensión universal y, a la vez, focalizada en la aldea que va del corredor norte de Avenida del Libertador hasta Olivos, la novela de Copacabana se centra en los consumos legales que generan dependencia y en las diferentes varas que miden el castigo según el quién.


Electrónica, Enzo Maqueira (Interzona) Una profesora de literatura se enamora de un joven alumno y, en pleno avatar amoroso, descubre la infelicidad y la vulnerabilidad. Rociado con las pasiones y temores de la clase media porteña, la novela de Maqueira es un desfile preciso por las fiestas electrónicas, las pastillas, el Adagio de Tiësto y la búsqueda de la felicidad que, siempre, está en otro lado.


Un verano, Damián Huergo (Notampuán) Mauro tiene 14 años y sus padres acaban de separarse. Ese trasfondo lo expulsa a la Costa Atlántica, donde unos amigos de los padres lo cobijan en una lavandería. Entre changas y escapadas a la playa, se enamora de una chica que pasa las vacaciones allí y avanza en un mundo de iniciaciones a la que lo arrastran el deseo y Roberto, un curioso ex veterano de Malvinas.


Que todo se detenga, Gonzalo Unamuno (Galerna) Germán Baraja es un cínico, un desalmado o un personaje roto. Todas las aristas, de la megalomanía a la vulnerabilidad infinita, componen a este joven porteño que está de vuelta de la política, de vuelta de las emociones y de vuelta de las adicciones. Un soliloquio agitado y atribulado de un sujeto que indaga en su propia y porteñísima miseria personal.