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La revolución es un sueño eterno

Por Luciano Lamberti | Fuente: Ni a palos

Federico Guzmn Rubio

Caído el comunismo, aniquilada la lucha de clases, muerta la historia, solo nos queda su fantasma. No el que recorre Europa, sino aquel que se ha convertido en el viejo resabio irónico de sí mismo. Ese es el protagonista de Será mañana, la primera novela del mexicano Federico Guzmán Rubio, editada por Momofuku. El espíritu siempre eterno de la revolución.

El protagonista de esta novela se llama Barrunte, es inmortal, por supuesto, tiene el don de ver la proximidad de la muerte en las personas bajo la forma de una luz azul, ha vivido todas las revueltas americanas y europeas, ha militado en todos los partidos de izquierda y en el momento en que la novela empieza está en Madrid, como siempre, en la inminencia de una revolución que no debe tardar en llegar: la última revolución, la imposible, la que siempre esperamos. (Hay, en esa espera, un sustrato religioso, como si en vez de un grupo político se estuviera aguardando al Mesías, o conceptos tan abstractos e imposibles como la justicia social o la generosidad de las clases dirigentes).

Mientras tanto, el protagonista deambula por la ciudad, va de hotel en hotel, se emborracha a conciencia, acumula digresiones sobre tipos de borracheras y tipos de resaca de acuerdo a la clase de alcohol. Su tiempo es el de la espera, un tiempo suspendido donde en rigor nada pasa. En el medio escribe los esbozos de una autobiografía narrando un pasado en el que, a la medida de Forrest Gump, Barrunte está siempre en el lugar y en el momento indicados, Argentina, Cuba, Nicaragua, Angola, Mozambique, como si fuera un dios menor, ubicuo, de mil caras, que se confunde siempre con su contexto.

Concebido en el fragor de la revolución mexicana, pasa por todos los lugares comunes de las izquierdas. Ver por ejemplo la confección de la revista “proletaria revolucionaria y popular El pan del hombre”. Lo que mueve a esos hombres, parece indicarnos este Gilgamesh latinoamericano, es el mismo que movió la historia desde sus comienzos.

Sus compañeros han muerto, sus batallas se han diluido, su siglo es el anterior. En estos nuevos bravos tiempos de redes sociales y celulares con 4G su inconformismo se diluye en la nada. La izquierda, la vieja izquierda, se ha convertido en una serie de iconos desgastados. Basta la enumeración de los músicos que escucha para entenderlo: Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat. ¿No son, también, los iconos de cierta edad, de una cierta iniciación al mundo que tiene lugar en un momento de la vida y después se acaba, como si fuera un puente que una vez cruzado nos avergüenza?

Eso convierte a Barrunte en un personaje anacrónico, perdido en una realidad que no comprende. Una especie de Quijote romántico, inmerso en las caducas batallas del pasado.

De ahí, en gran medida, proviene el encanto de esta novela. O de esa condición emocional, sumada a la ironía con la que es tratado el imaginario de la izquierda. Basta citar dos ejemplos: las peripecias sexuales de la madre de Barrunte en medio de la revolución mexicana (narradas meticulosamente) “en mexicano”, y la lucha entre una espada jedi y la mítica espada de Bolívar.