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LAS EDITORIALES #1: MOMOFUKU

Por Alejo Vivacqua y Joel Vargas | Fuente: Artezeta

Empezamos el ciclo de charlas con editores argentinos de la mano de Lolita Copacabana y Hernán Vanoli, que desde hace un año llevan adelante Momofuku.

“Vivir sin leer es peligroso,
obliga a conformarse con la vida,
y uno puede sentir la tentación de correr riesgos.”
Michel Houellebecq, Plataforma

La literatura argentina contemporánea desde hace algunos años vive un momento de ebullición. Obras nacen día tras día, los talleres de escritura proliferan y los ciclos de lectura funcionan como lugares de encuentro. Con aquella idea de Osvaldo Lamborghini de “primero publicar, después escribir” rondando en el aire, el tiempo se encargará de definir qué va a quedar de esta época. Entonces, ¿cómo trazar un mapa de ese territorio? Hurgando en sus intersticios y conversando con las editoriales más importantes del momento. En esta primera entrega charlamos con Hernán Vanoli y Lolita Copacabana, editores de Momofoku.

AZ: Hace un año empezaban con Momofuku. ¿Qué sienten que han logrado hasta ahora y qué les falta? 

Momofoku: Sentimos que en primer lugar logramos lanzar la editorial, que no es poco, y generar una comunidad de lectores muy curiosa, activa y copada. Que avanzamos en temas como distribución y diseño, con una red de personas que nos ayudan en esta cuestión de la autoexplotación feliz. Que publicamos muy buenos libros, de los que nos sentimos bastante orgullosos, y que tenemos ganas de mejorar en todas las cosas en las que podemos haber fallado. Lo que nos falta viene por el lado de las colecciones, porque por ahora sólo publicamos narrativa latinoamericana, y tenemos planeado sacar también traducciones y ensayo.

AZ: ¿Qué lugar vino a ocupar Momofuku  en el mercado editorial actual?

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M: No sabemos si vino a ocupar un lugar, porque el mercado depende principalmente de la distribución, y todavía no estamos seguros de que lo que hacemos sea una actividad mercantilizada. La idea de pensar la editorial como un mercado, que por un lado es cierta porque es una actividad económica desde que hay trabajo involucrado, también puede dar a varios malentendidos. Nosotros vendemos nuestros libros porque cuesta hacerlos, y los vendemos bien, pero el mercado editorial argentino no necesita de las editoriales literarias. Las editoriales generan proyectos híbridos con un costado mercantil pero que en realidad son otra cosa, más parecidos a proyectos de intervención artística-intelectual. Nosotros al menos nos sentimos en esa tradición, antes que nada porque tampoco tenemos un mecenas como muchas de las editoriales que se autoproclaman independientes. A veces sentimos que Momofuku es un organismo viviente que vive justo en las fronteras del mercado, y explorar esas fronteras, a veces adentro y otras afuera, bueno, ese podría decirse que es su lugar.

AZ: ¿Qué es lo que tienen en cuenta a la hora de conformar el catálogo? 

M: Lo primero que hay que decir es que hay muchos libros que nos gustaría publicar pero no podemos. Estamos en una fosa oceánica llena de especies exóticas e interesantes por diferentes motivos, pero sólo podemos invitar a nuestro catálogo a unas pocas, y nuestros criterios se van modificando. Lo que nosotros exigimos como base es que sean libros que en cierta forma trasluzcan una voz, un proyecto literario que es también un proyecto cultural que vive en la mente de los escritores, y un amor y respeto por el lenguaje sumado a cierta desfachatez. También nos interesa que sean libros que al menos ambicionen aportar herramientas para pensar las relaciones que los lectores establecen con lo público, con el pasado y con los mecanismos de construcción de ambas instancias. Como somos lectores, y un editor debería ser antes que nada un lector responsable, elegimos libros que nos parezcan novedosos en algún punto. No en el sentido de actuales, sino en el sentido de construir sentido donde no lo había, o de plantear una relación nueva dentro del lenguaje, pero que no por eso sean aburridos, porque somos concientes de que nuestro mayor valor es el catálogo y un libro mal ejecutado o pantanoso puede hacer que el lector nos pierda confianza. Buscamos dinamismo y complejidad.

AZ: ¿Por qué se edita tanto en Argentina si, al parecer, es un mercado reducido y endogámico? ¿Cómo ven el panorama editorial en el país? ¿Qué diferencias encuentran entre esas editoriales?

godoy

M: El mercado argentino es reducido comparado con el español, e inmenso comparado con el de otros países de América Latina. Por definición, un mercado no es endogámico, si es endogámico es otra cosa –una feria, una tribu, una cofradía, un club de trueque, pero no un mercado-, y por eso es interesante la pregunta. Nos parece que cualquier mercado literario es endogámico en un punto porque se subordina al campo literario. Lo que hay que preguntarse, a nuestro criterio, es por el tipo de instituciones y de relaciones económicas que delimitan la morfología de ese campo. Ahí juega el Estado, juegan las cadenas de librerías donde las pequeñas editoriales literarias no acceden porque se solicitan descuentos monstruosos para ingresar, y juegan las editoriales. Más del 80% aproximadamente del mercado está en manos de editoriales transnacionales, lo que hace que estemos frente a un oligopolio. Después, hay editoriales que son medianas empresas, y en el caso de la literatura, editoriales que se financian a través de cúmulos de dinero que no provienen de la actividad editorial, sino muchas veces desde fortunas personales o de la política (una editorial es un negocio ideal para blanquear dinero sucio). Más allá de eso, la potencia del mercado editorial está determinada por un mercado del papel que es ridículo, con productos nacionales de muy baja calidad y un precio delirante protegidos por medidas estatales proteccionistas que acompañan una industria no competitiva, con un parque industrial obsoleto, digno de nuestro empresariado. Volviendo a la pregunta, se edita mucho porque cualquiera puede editar, porque hay mucha producción literaria, pocas instancias de legitimación, y entonces cada uno hace un poco lo que quiere.

lola vanoli

AZ: ¿Se es independiente por convicción o porque no queda otra?

M: La categoría de “editorial independiente” nos parece falsa. Nosotros somos un emprendimiento, no vendemos independencia porque somos dependientes del dinero y de nuestras limitaciones. Las editoriales financiadas por mecenas o por la política son más dependientes que nosotros en algunas cosas, y más libres en otras. Las editoriales transnacionales son dependientes de sus casas matrices, pero muchas veces tienen más libertad de publicación por su sistema de negocios expandido. Entonces, la categoría de “independiente”, diseminada por el periodismo, es un gran error que confunde todo.

AZ: ¿Qué otras editoriales les gustan por su catálogo, diseño, ya sean nacionales o internacionales? 

M: Nos gustan muchas: McSweeney’s de Estados Unidos, Blackie Books, Alpha DecayAsteroide y Pálido Fuego de España, unos ingleses que se llaman Dostoyevsky WannabeAlmadía de México, Montacerdos de Chile, El Cuervo de Bolivia, y muchas más que seguro nos olvidamos. De Argentina somos amigos de casi todos, nos gusta mucho cómo trabaja Caja Negra, también Dedalus 17 Grises que se está relanzando.

AZ: Pareciera que la industria editorial argentina tuviera preferencia por ciertas temáticas, como los años ´70, que en algún momento el mercado dejará de lado para abrir un nuevo período. ¿Qué temas pendientes tiene la industria? ¿Cuándo será el tiempo de la novela kirchnerista? 

M: Hay novelas sobre los setentas que en cierto sentido son novelas kirchneristas; el kirchnerismo tiene una lectura particular, ambigua y muy contradictoria sobre los setentas. Sin embargo, es cierto que durante el período del kirchnerismo en el poder el campo literario pudo empezar a exportar al mercado de la buena conciencia y la filantropía internacional el tema de los setentas, y que muchos escritores se subieron a ese caballo. Después, hubo también formas novedosas de encarar el tema, y tanto 76 de Félix Bruzzone como Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued están en esta zona, formas epigonales e inquietantes de hablar de una época, pero vinculándola con el presente. Los temas pendientes de la literatura argentina son casi todos; digamos que apenas se están empezando a escribir los años noventas, y no siempre derobles formas interesantes. Por eso sería muy difícil pensar en temas: el principal tema, por citar un macrotema, es la relación del Estado con la subjetividad, la estatización de las relaciones sociales, el trabajo, el dinero, la inflación, temas esquivos para la literatura argentina. Quizás se habla mucho de internet y poco del Estado. Por eso la “novela kirchnerista” no es una novela sobre la discursividad política que satura a los medios de comunicación, ni sobre la batalla cultural o el círculo rojo; sobre esas cosas existen géneros editoriales, sino una novela que pueda fagocitar y transformar en otra cosa las irrupciones de lo estatal en la imaginación pública.

AZ: Por último, ¿qué están preparando para publicar en el futuro?

M: Tenemos mil proyectos pero dos libros preparados que inauguran colecciones. Uno es Los Infames de Maximiliano Crespi, que abre la colección ensayo, y es un libro de hipótesis de lectura fuertes sobre la literatura argentina contemporánea. Crespi es crítico, hace crítica literaria y hace rato viene confeccionando una maquinaria de lectura para abordar lo que se escribe en la actualidad, que intenta pensarlo en su especificidad. Un crítico de una nueva generación, y un libro para apasionarse, discutir y pensar, que toma posiciones. Por otro lado, en la nueva colección de traducciones, publicaremos Bebé y otros cuentos, de una autora norteamericana que se llama Paula Bomer. Lolita Copacabana realizó una traducción impresionante de este libro que para nosotros también es urgente y en especial para nuestra generación. Los cuentos de Bomer son ácidos y corrosivos, intentan pensar la complejidad de los matrimonios, las paternidades, las relaciones familiares dentro de los suburbios de clase media, y cada uno es un hachazo en el corazón, pero no un golpe que sólo lastima sino que conmueve y hace pensar.