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Las redes invisibles (Sebastián Robles)

Por Rodrigo Salgado Boza | Fuente: Lo que leímos (Chile)

Existe un prejuicio respecto a temas contemporáneos, sucesos recientes o fenómenos populares. Tal que el almidón de la historia y años tuviese que endurecerlos para ser válidos, ¿frente a quién? Quizás ante la academia o quién sabe a qué altos estandartes de la cultura.

Quizás nada más actual que las redes sociales, el intercambio de opiniones y estados, de sentencias anodinas y metidas mayúsculas de pata. Un formato de la comunicación que tiende a la horizontalidad del trato, y en la misma medida, a la baja calidad y veracidad de la información obtenida. Este volumen de relatos es un ejemplo que se nutre de Historia Universal de la Infamia o las Vidas Imaginarias de Schwob en la forma, y de toda la literatura de anticipación disponible, llevada a la naturalización que estas redes han sufrido.

Las Redes Invisibles presenta relatos dedicados a una distinta red social imaginaria, aunque posible. Está la ideada por una multinacional dedicada a la alimentación de animales domésticos, donde perros y gatos interactúan entre ellos y con sus amos por medio de un implante. O una dedicada a enfermos terminales, donde la vida es el motor de la interacción. Y otra que contiene capas de profundidad a las que nadie sabe cómo acceder. Estos textos, en versiones preliminares, fueron publicados en la web de la revista Paco, siendo lógico que internet haya sido el primer medio que los haya recibido. Y tal como la primera novela de Robles (Los años felices, 2011), luego pasó a una versión de papel bajo el sello Momofuku.

Cada una de estas redes consigue mostrar a personajes escindidos de lo propiamente social, si entendemos a ésta como la suma de las coincidencias humanas, un cuerpo que integra y que juega a no apartar. Justamente, cada una de ellas se ha formado, y es utilizada, por grupúsculos harto especiales: las conductas o características excepcionales acaban por encontrarse. Son estas redes nuevas formas de la exclusión y la incomunicación. No todos, por ejemplo, logran sortear el intrincado algoritmo de selección de Balzac que sólo admite a escritores realistas, ni consiguen llegar al fondo de la deep web para conseguir descifrar los secretos de Cthulhu. Al final, y luego de la contención y encuentro que cada red pretende conseguir, solo queda la decepción y una recaída peor si cabe, no tanto del individuo que la usa sino de la humanidad misma, acabándose o transformándose de maneras inesperadas con amos insospechados.

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A pesar de que pareciera por momentos reiterativo el formato, Robles resuelve alternando relatos escritos como reportajes de periódico, u otro como comentarios de blog. Se consigue así traspasar esas diferencias formales, creando el efecto de una unidad en que la soledad, la lejanía o la necesidad de reconocimiento son el horizonte de todos estos usuarios demenciales.

Tanta emergencia de redes acaba por minar la noción de aquello que sea real, de aquello que en teoría está afuera de la computadora y más allá del marco negro del celular. Así, y tal como un hikikomori no sale más de su habitación pudiendo conseguir todo lo necesario para subsistir, una red bien nutrida de contactos acrecienta la fantasía de los lazos sociales. En la hipotética red Mon amour un algoritmo se encarga de crear parejas con un grado de compatibilidad que roza el 100%, aunque ello implique esperar por años a que su match inicie sesión, pero bajo la seguridad de que cuando ocurra la máquina los enlazará: luego es cosa de los usuarios. ¿Es más real la política nacional o la caída de servidores de la red que impide husmear a destajo a personas con las que ya no mantenemos vínculos efectivos y afectivos? ¿Qué es más cercano, qué es más importante?

Día a día se crean nuevos usuarios, y se cierran miles de perfiles. Las redes invisibles es parte de un relato que no se resuelve en sí mismo, ni en la contemporaneidad de su tema. Cada día se publican millones de textos, intercambian imágenes y comparten estados y emoticones cuando no sentimientos o abrazos. La gente consigue parejas esporádicas, información y chismes. Todo está disponible y a la vez lejano. Cada posible red será apócrifa y olvidada, tal como sus mínimos usuarios, sus vidas y las fotos a las que dieron un corazón, a falta de alguien real al que pedirle un pulgar arriba de aprobación.