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Los efectos secundarios de una droga llamada tecnología

Por Maximiliano Tomas | Fuente: La Nación

Hace un tiempo coincidí en el cumpleaños de un amigo con un periodista de espectáculos y conductor de televisión. Mientras algunos comíamos, conversábamos o salíamos a fumar, podía ver que, cada tanto, se apartaba del grupo para retratarse con su teléfono. En un momento se sumó a la charla, nos sacó una fotografía, e inmediatamente me pidió mi nombre de usuario para compartir la imagen en las redes sociales. Cuando le dije que no tenía, me miró con sorpresa y algo de lástima y me dijo: “¿Y cómo vivís?”. Lo único que atiné a decirle fue “Muy bien, gracias”. Pero su pregunta, formulada de manera automática e irreflexiva, me pareció interesante como síntoma de la naturalización del uso de las redes sociales, y la velocidad con que a través de ellas se ha construido un nuevo orden de sociabilidad que algunos llaman capitalismo afectivo.

En la revista española EXIT, el ensayista Juan Martín Prada arriesgó hace ya un tiempo un diagnóstico de la situación: “Las interrelaciones afectivas y vitales se han vuelto directamente productivas, al ser parasitadas por las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Se trata de la progresiva conformación de un Sistema-red en el que producción de vida social y producción económica son ya indistinguibles e incluso intercambiables (.) Se ha ido desarrollado así un sofisticadísimo modelo de negocio definido sobre todo por un fabuloso dominio de estrategias y dinámicas biopolíticas, en el que las relaciones económicas no son separables ya de las personales y sociales”.

Por supuesto, cada quien es libre de invertir su tiempo y su libido de la manera que crea más conveniente. Pero si se deja de lado un uso ingenuo de las herramientas tecnológicas, lo cierto es que no resulta sencillo advertir en las redes sociales esa veta emancipadora con la que suelen ser publicitadas. Y parece bastante evidente, en la línea que señala Prada, que no sólo reproducen sino que fortalecen un sistema de castas regido por las reglas del más rancio capitalismo de mercado: cuantos más seguidores y más amigos un usuario tenga, mejor y más importante será. ¿Y quiénes son los que más seguidores tienen? Los ricos y famosos: las estrellas de la industria televisiva o musical, los deportistas de elite, las celebridades, es decir, los que ya hacían uso de ese poder antes de la existencia de las redes.

El falso manto de horizontalidad e inocencia que recubre estos espacios debería ser para todos bastante evidente: no hay una pizca de ingenuidad en el poder de corporaciones como Facebook, Google o Amazon (basta con ver las sugerencias publicitarias que aparecen como por arte de magia al abrir la casilla de mensajes de Gmail para sentir que, a su lado, Jaime Stiusso es apenas un aficionado a los juegos de espionaje).

No deja de ser interesante ver cómo abordan estos temas el arte y el pensamiento contemporáneos. Sobre la nueva economía de los afectos, el crítico español Eloy Fernández Porta publicó hace algunos años el ensayo ER0$. La superproducción de los afectos. Días atrás apareció el nuevo libro de Nicholas Carr,Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas, autor también de Superficiales.¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? La literatura argentina ha comenzado a problematizar esta dependencia de la tecnología y las redes en los cuentos y novelas de J.P. Zooey, Sebastián Robles y Nicolás Mavrakis. Y entre el 2011 y el 2014 una serie inglesa llamada Black Mirror se dedicó a imaginar las consecuencias de los efectos del desarrollo tecnológico sobre el cuerpo social y los individuos.

El productor y guionista de la serie, Charlie Brooker, explicó así el por qué del título de la serie: “Si la tecnología es una droga, y se siente como tal, ¿cuáles son sus efectos secundarios? Esta zona entre el placer y el malestar es donde Black Mirror se establece. El espejo negro del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”. Son apenas siete episodios. En uno, se plantea la posibilidad de que cada persona pueda registrar con la vista y guardar en un chip conectado al cerebro todas sus experiencias: una especie de hipermemoria a la que se puede acceder en cualquier momento (en medio de una discusión de pareja, por ejemplo) y manejar con un pequeño control remoto. Otro imagina cómo sería el momento en que un personaje de ficción (el dibujo de un oso de peluche azul, simpático y maleducado), convertido a través de los medios en una marca planetaria, reemplace a los políticos de carne y hueso. En otro una joven mujer que queda viuda contrata un servicio que le permite, mediante la inmersión en los dispositivos de su esposo (teléfonos móviles, computadoras personales) y en sus espacios de sociabilización virtuales (redes sociales, casillas de mail) volverlo a la vida, primero de manera digital (una voz que piensa y habla como él) y más tarde incluso carnal (la creación de un humanoide a su imagen y semejanza).

Los ejemplos siguen. Pero lo que hace a la visión amenazante y paranoica de Black Mirror tan efectiva (a diferencia de la imaginería apocalíptica de cierta ciencia ficción del siglo pasado) es que los peligros de la implementación de desarrollos tecnológicos por el estilo no parecen distantes, sino apenas una hipérbole de los usos actuales. Todo lo que pasa en la pantalla podría suceder pasado mañana. Que marchemos hacia la inminencia de su realización con despreocupada alegría es, quizá, una buena síntesis del momento histórico que nos toca vivir..