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*Primero como tragedia, después como farsa*

Por Mariano Canal | Fuente: Revista Paco

¿Cuál es la frase más conocida de Karl Marx? ¿Hay alguna lista de las diez mejores frases de Marx elaborada por alguna versión improbablemente subversiva de Buzzfeed o alguno de esos sitios de Internet que reducen toda la cultura humana a la enumeración de listas? Seguro que sí. Tan cierto como la derrota de la revolución es la seguridad de que todo lo que se nos ocurre ya está indexado en algún lugar de la web. Sin hacer la búsqueda en Google arriesgo que el top tres de frases de Marx debe estar entre “Proletarios del mundo, únanse”, “Hay un fantasma que recorre Europa” y “ La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”. Las dos primeras, claro, son del Manifiesto comunista, más precisamente su invocación final y su (magnífica) línea de apertura, respectivamente. La tercera cita es de El Diciocho Brumario de Luis Bonaparte, un ensayo publicado originalmente en un diario de obreros alemanes de Nueva York en 1852, que disecciona el golpe de estado que en Francia había dado el año anterior el sobrino de Napoleón Bonaparte. Los eruditos en historia y teoría marxista no se ponen de acuerdo en la fuente exacta de la obra de Hegel de la que surgiría la frase de Marx, que citada in extenso dice: “Hegel dice en alguna parte que la historia se repite dos veces. Le faltó agregar: primero como tragedia y después como farsa”. En todo caso, la idea de Marx, más allá de la evocación a Hegel, ya estaba presente en algunos escritos suyos anteriores que pensaban la historia como un proceso que debe, para concretarse del todo en la conciencia de los hombres, tener una replicación farsesca que rompa con la falsa verdad de las apariencias heroicas de la historia solemne hecha de grandes hombres, grandes acontecimientos y callados procesos sociales subterráneos. Unos años antes había sugerido esa misma dinámica de la repetición en clave de comedia de la historia en su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, donde compararaba la superviviencia del régimen semifeudal de la Alemania de su época con el colapso de la Francia absolutista en 1789, una repetición histórica zombie que solo podía producir risa: “¿Por qué va la historia a ese paso? Para que la humanidad pueda separarse, riendo, de su pasado”.

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La idea básica de Marx en esa figura retórica de la doble aparición de los fenómenos, primero con ropajes augustos y luego con disfraces ajados, es que el paso del tiempo, de la historia, es impiadoso con las manifestaciones que no están ajustadas a su época. En la deriva rápida de la historia unas décadas de atraso, una falta de reconocimiento del cambio de las circunstancias, lleva al enmohecimiento y al ridículo. Lo que antes eran prácticas y creencias llenas de vitalidad se convierten en rituales vacíos hablados en un lenguaje muerto. Lo que nos evocaba horizontes al alcance de la mano, llenos de significado, pasa a ser una árida y deslucida expresión que solo produce incomodidad, falsa emoción o, directamente, risa. Y la risa será mayor en proporción a la enormidad de la tragedia y la épica que la antecede, porque esa es también una regla de la dialéctica, como se confirma con la lectura de Será mañana, la primera novela del mexicano Federico Guzmán Rubio, publicada por Momofuku a comienzos de este año. En ella, tragedia y risa, o tragedia y farsa, o heroísmo y comedia, se despliegan siguiendo ese movimiento que postuló Marx, lo que tratándose como se trata de una novela sobre las andanzas de la izquierda revolucionaria a lo largo del siglo XX no deja de ser un buen homenaje. Un homenaje subversivo y desquiciado.

Acá tenemos al último de los revolucionarios ardientes. Un hombre nacido de un encuentro amoroso, fugaz y cataclísmico, durante la revolución mexicana, entre una india combatiente en las filas de Pancho Villa y un judío ruso enrolado en el lado de Emiliano Zapata. Engendrado en el preciso instante en que las tropas revolucionarias tomaban la capital mexicana (para que sus líderes no se pusieran de acuerdo sobre quién se debía sentar en el sillón presidencial y abandonaran, acto seguido la ciudad, confundidos ante la perspectiva real de ocupar el poder), nuestro héroe vino al mundo con el don de la inmortalidad. Toda la promesa de los pueblos insurgentes en armas por tierra y libertad de alguna misteriosa razón se va a corporizar en él para dotarlo de un poder indestructible. Pero esa inmortalidad, porque nada es gratis ni siquiera en la revolución, venía con una condición: sólo se mantendría mientras luchara por el socialismo y el triunfo del proletariado. Inmune a las balas de los ejércitos opresores, a las torturas de los policías, a los bombardeos de los imperialistas, Barrunte, el protagonista de la novela, va a ser una presencia ubicua en toda revolución que despuntara en los cinco continentes a lo largo del siglo XX. Ahí estará en la Nicaragua de Sandino (y en la de los sandinistas cincuenta años después), en la guerra civil española, en Argelia contra los franceses, en la Cuba de Fidel Castro, en Vietnam, en Chile con Allende, en El Salvador, en Palestina. Como un Highlander marxista-leninista, Barrunte, recorrerá, siempre joven, ajeno a las heridas, al envejecimiento y a la decepción política, los grandes momentos del siglo de los extremos, saltando de escena en escena, de partido clandestino en partido clandestino, de guerrilla en guerrilla: la encarnación de una idea inmortal en un cuerpo ídem.

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Pero en el presente las cosas son, como sabe cualquiera, ligeramente diferentes. En el presente de la novela, que es también nuestro presente, Barrunte el inmortal recala en la España de la crisis y comprueba que su superpoder comienza a quedarse sin combustible. En la Europa del euro lo que sobra es el miedo y la comodidad y la revolución está más cerca de un suvenir vintage que de un horizonte vital, y es el espectro de la muerte y no el del cambio social el que empieza a rondarlo. De pronto las viejas heridas recibidas en las sesiones de tortura, o en los tiroteos, o en los combates de su larguísima historia de revolucionario profesional comienzan a emerger, se vuelve viejo y cansado a medida que la posibilidad de continuar haciendo la revolución se aleja en medio de una Madrid hostil con alto desempleo, repleta de inmigrantes que sobreviven como pueden y locales que beben hasta aturdirse en bares donde pasan en loop los goles de Cristiano Ronaldo. Es una situación desesperada y Barrunte intenta todo para restaurar su poder, su vida inmortal que se le escapa a jirones entre la indiferencia de los empobrecidos que tendrían que levantarse contra la opresión del capital pero están demasiado ensimismados para ejercer cualquier reacción. Y es en esa contradicción histórica convertida por Guzmán Rubio en una contradicción vital, en una contradicción entre la herencia de las grandes ideas y luchas del siglo XX y su incapacidad para leer el siglo XXI, una contradicción que lleva a la muerte a un inmortal, que la novela adquiere su mejor tono de farsa y Barrunte se convierte en una suerte de Ignatius Reilly bolchevique, en la imagen del idealista inepto obligado a vivir en una realidad apática e indiferente, el personaje descolocado de su época que lee obsesivamente (y erróneamente, claro) los menores signos de la coyuntura como favorables a su causa y así se labra su perdición. Barrunte se entrevista con varios excompañeros de militancia de las guerras floridas latinoamericanas y los desprecia por encontrarlos viejos y adaptados al sistema, convertidos en consultores de ONGs, de partidos socialdemócratas, de periódicos de la tibia centroizquierda. Barrunte intenta en vano sublevar a los exhaustos ecuatorianos y marroquíes que hacen cola para cobrar el seguro de desempleo. Barrunte intenta iniciar un foco revolucionario escribiendo manifiestos en blogs y diseminando sus incendiarios llamados a la revuelta en Facebook. Fracasa siempre y vuelve a su pensión madrileña para encerrarse a escuchar con su laptop en YouTube, en un intento de revitalización socialista, de vuelta al útero cálido de las viejas utopías, canciones de Silvio Rodríguez, de los Quilapayún, versiones varias de la Internacional.

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Por supuesto, y esto no es spoilear nada, no funciona: está dicho en el párrafo de apertura de El 18 Brumario que citábamos más arriba, “la revolución no puede tomar su poesía del pasado sino del futuro”. Pero la paradoja es que sólo tenemos a disposición la poesía del pasado, por más envejecida y demodé que suene, ese es el acervo heroico y trágico con el que contamos (y ahí va otra cita de Marx, “el peso de la generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”). En el presente, como le pasa a Barrunte, estamos entre la farsa de los ropajes viejos y la adopción de la ironía como segunda piel. Nada se compara con las aventuras del siglo XX que Barrunte evoca mientras siente llegar la cuenta inexorable del pasado. Y ahí la prosa de Guzmán Rubio se dispara en todas las direcciones, en una mezcla caótica de ternura, autocompasión y delirio por lo perdido : los recuerdos de la lucha revolucionaria en el Montevideo de los años 20 de una revista proletaria que descubre casi accidentalmente el potencial combativo de poner minas en bolas (“compañeras liberadas”) en la tapa para aumentar las ventas y minar las bases de la sociedad burguesa, el combate entre la guerrilla colombiana y la CIA en una plaza de Bogotá con el sable de Bolívar versus una espada láser estilo Star Wars, o la incursión a la cancha de Independiente para inclinar la cancha a favor de un equipo chileno para ganar la Copa Libertadores en pleno auge de la Unidad Popular de Allende.

Será mañana con su yuxtaposición delirante de escenas épicas del pasado y de escenas igualmente ridículas del presente puede ser leída como una novela sobre la extinción de ideas que durante más de un siglo conmovieron al mundo y que devienen en fetiches sentimentales para el consumo de una minoría que no puede leer adecuadamente el presente. Pero también puede leerse como una meditación enormemente divertida sobre la historia política, sus desventuras y confusiones. Sobre el lugar que el pasado de toda una tradición hecha de mártires, traidores, dementes y buena parte de las mejores mentes del siglo pasado ocupa en un presente lastrado por el malestar y el desconcierto, un presente donde la idea misma de “historia” parece desvanecerse. La risa que provoca nos permite separarnos de una época que ya no es la nuestra y al mismo tiempo comprobar, con una mueca, que el presente no da demasiados motivos para reír y que el pasado ya no nos sirve de nada para cambiarlo. Última aparición aquí de una cita de Marx: “Que los muertos entierren a sus muertos”.