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Superficies de placer

Por Valeria Tentoni | Fuente: Eterna Cadencia

¿Qué función cumple la portada de un libro? ¿Cómo conquista su misión? ¿Cómo hacen juego con el texto? Entrevistamos a algunos de los diseñadores argentinos a cargo de las tapas en distintas editoriales y les dejamos un recorrido en imágenes.

Sergio Manela lleva diseñadas unas 3000 tapas de libros de psicología, ciencias sociales y literatura, entre otros, destacándose su tarea renovadora en el diseño de libros escolares en los 90 (Aique, A-Z, por ejemplo). Si bien, explica, ya circulaban los trabajos emblemáticos de Daniel Gil en Alianza y del catalán Enric Satué para Alfaguara en España, cuando comenzó a trabajar en 1982 sus portadas eran tan disruptivas que una vez recibió un télex de una distribuidora preguntando si el diseñador tenía problemas mentales. Respondió que no, que tenía problemas digestivos. La portada en cuestión estaba hecha con un alfabeto atropomorfo ilustrado por Carlos Nine. Al final, con el éxito del libro le pidieron que avanzara, que hiciera afiches con esas letras. “Pero primero me tuvieron como un loco”, cuenta. Autodidacta, comenzó de muy chico a trabajar en Gedisa Barcelona desde aquí. Escritores como Manuel Mujica Láinez, Marta Lynch, Silvina Bullrich o Marco Denevi pasaban por su escritorio en la editora de Buenos Aires. “En esa época vos tenías más tiempo de tomar un café con el autor”, cuenta.

Escritorio de Sergio Manela

Estudió en la Escuela Panamericana de Arte porque todavía no existía la carrera de Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires. En el 85, cuando se lanzó, quiso incribirse pero le dijeron que no podía: “Vos vas a ser docente, no alumno”. Desde 1991 es titular de la cátedra de Diseño Editorial. Se define como un diseñador reciclador: “Todo puede ir a parar a una portada”. En su viejo escritorio, “lleno de porquerías”, diseñó unas 250 imágenes para los cassettes grabados de Los Beatles que tenía “porque no aguantaba que no tuvieran tapa”. El ejercicio era resolver esos diseños en un tiempo máximo de cinco minutos, limitándose a usar la misma revista Stern para los recortes. Estuvo siete años exprimiendo las mismas páginas: “Limitarse es crecer, decían los orientales. Con poco, mucho. No había computadora, así que tenías que ir a informarte a museos, archivos, bibliotecas”. Ahora, ese caos fue reemplazado, en su estudio, por una Mac.

De ese tiempo a esta parte, Manela identifica cambios: “Hoy, las tapas de libros son displays, que no siempre tienen que ver con el libro en sí. Me gustarían los libros sin tapa, como eran antes. O portadas muy sutiles. Hay que dejarle el protagonismo al libro. Ocurre que, por la competencia, tienen que ser visibles en librerías. Hay libros muy lindos, con muchos recursos, pero también hay tapas que han eclipsado el contenido”. Y cita a Marguerite Yourcenar: “Lo clásico es evitar acrobacias inútiles, escribió ella. Hoy en día hay mucha acrobacia. Yo con tantos años de editorial me da por la cosa más simple, cuanto más simple y más puro mejor”. Manela se queja, por ejemplo (una queja con la que empatizo), del “gordito con orejeras” que ocupa la tapa de La conjura de los necios: “Prefiero imaginármelo al gordito. Me parece una falta de respeto que me cuenten algo que me tengo que imaginar yo. Si te ponés a ilustrar lo que dijo el escritor te estás equivocando”. Para él, el libro como objeto nunca va a desaparecer: “Tiene 500 años de historia. Los separadores de televisión duran 4 meses, es un vértigo total. Los libros, en cambio, nos sobreviven. Es un objeto que no caducó en una sociedad de consumo donde todo caduca rápidamente”.

Entre las personas que tomaron la posta de Manela está Juan Pablo Cambariere, diseñador gráfico y artista plástico, realizador de portadas de discos, libros y de gráfica, en Página/12: “Tiene otro estilo, muy buenas ideas y muy buena realización y mucho oficio”, dice de quien hace, entre otras, portadas para La bestia equilátera y Sudamericana.

Cambariere cuenta que el elogio más lindo que recibió fue el de “inclasificable”: “Creo que no tengo estilo, que si se identifica mi trabajo por algo es por eso, por tener una carga conceptual importante y buscar romper con las estabilidades en el sistema editorial”. Suya es, por ejemplo, la portada de El lobo estepario con señaladores que funcionan como orejas. “Cuando hacés un clásico tenés la ventaja de que podés jugar con mucha más libertad, hacer mas tonterías: nadie espera que, conceptualmente, generes nada nuevo con Moby Dick. La característica de un clásico es que, por ahí, nadie lo leyó pero todo el mundo sabe de qué va. Podés jugar con una complicidad con los lectores que con una novela nueva no. Siempre propongo algo más rupturista, pero en el 99% de los casos no les gusta. Todo el tiempo me dicen que no. El mercado editorial es muy conservador. Creo que esa es la característica de La bestia equilátera: son más anglófilos con eso, las tapas inglesas son más lúdicas, menos publicitarias. La mayoría de las tapas que publico ahí en otras editoriales no pasan el primer filtro. Cuanto más grande es la editorial probablemente más miedos haya y más difícil sea hacer algo muy original”. Entre sus últimas portadas para ellos está la de El caos, de Wilcock: “Fue muy colaborativa con Chitarroni. Mandé varios bocetos, y en uno había una serpiente sacada de un libro antiguo. Luis me pidió que me fijase qué sucedía si tuviera un fondo más oscuro, le quité la cabeza y fue saliendo eso”. Para él, la misión de una portada es clara: “Tiene que llamar la antención dentro de la competencia feroz en las mesas de las librerías. Tiene que generarte el impulso de, al pasar por delante, tomar el libro un segundo. Tenés que lograr que la persona se ponga en contacto con ese objeto. Yo soy bastante libre y desacartonado en cuanto a la exactitud. Prefiero que la tapa sea llamativa, que rompa o se destaque, a que necesariamente estén reflejados los elementos pertinentes a la novela o investigación o a la biografía. Tampoco haría algo que no tenga nada que ver con el libro. Como diseñador, lo que hacés es proponer; después, la carga conceptual la pone el lector”.

Cambariere no es el único artista visual haciendo portadas: súper identificables son las de Javier Barilaro en Mansalva. “Barilaro hace cosas que para un diseñador son sacrilegio con las tipografías. Es como si, para un músico, agarres un Stradivarius y lo uses para hacer percusión. Él lo que hace es eso, pero justamente eso le da un plus, es lo interesante, y tiene una cantidad enorme de tapas con el mismo recurso”, explica su colega. En Mansalva, además, se producen cruces interesantísimos con las artes visuales, como en la novedad de Marta Minujín, o aprovechando obras de Mondongo y Max Gómez Canle para las portadas. También está el delicioso caso de la novela Hebdómerosque puede explotar a la vez texto e imagen de Giorgio de Chirico.

Zindo & Gafuri, de La Plata, produce un catálogo de portadas inquietantes desde 2010, y sacó unos 35 libros al momento. Patricio Grinberg, poeta, quedó a cargo del diseño de modo accidental: “Un poco porque era el que más se divertía haciéndolo, un poco porque a todos los demás les cerraba lo que yo proponía”. Su intención era “darle una identidad definida a un espacio editorial que desde el principio se pensó abierto, pero al mismo tiempo marcar la identidad de cada libro y que no se perdieran en la repetición de un mismo diseño”. Fotomontajes de Boris Mikhailov, collages de Graphicspunk, ilustraciones sobre recortes de Claudio Parentela, transferencias de pingmentos de Hollis Brown Thorton y collages de Tamar Cohen se despliegan en las series. “Eso es todo: buscar imágenes que me gusten para sumar a textos que me gusten para hacer objetos que me gusten”, resume.

Entre las editoras más nuevas, Momofuku apostó por una línea reconoscible donde también se echa mano al collage. Sus editores explican que las portadas “son la vestimenta que tenemos que ponernos para ir a esa fiesta que son las librerías, entonces les ponemos mucha discusión y esmero”. Buscan, a la vez, desafiar y atraer al lector, e incluyen una bajada que toman como una “intervención editorial sobre el contenido de los libros, no sobre su título. Una especie de disparador para debatir en la lectura”. Willy Weiss es el diseñador que materializó logo y portadas, donde usan obras de artistas como Eugenia Loli, Ana Clara Soler y Juan Goiecochea.

Desde Bahía Blanca la mítica VOX produce libros objeto de poesía y revistas desde los 80 que incluyen cierres con hilo, cajas con láminas, volúmenes y texturas particulares. Carlos Mux, a cargo del diseño, empezó a trabajar en la editorial por el 2001: “Las portadas son muy importantes para nosotros. Súper importantes. Las tapas nos dan la posibilidad de trabajar con un universo de dibujantes, pintores, fotógrafos y diferentes artistas visuales que consideramos –junto a los poetas– una sociedad imprescindible en la concepción de cada libro. Cuando miramos todas las tapas con atención, notamos que la editorial pasó por diferentes momentos, y cada uno fue dejando su huella. Creo que la identidad de la editorial también es posible percibirla como una elástica, porque intenta experimentar y eso le da algo de flexibilidad a los formatos y características”.

Saliendo de la galaxia de la poesía, entre las portadas recientes que más se destacan están las de Caja Negra. Juan Ventura hizo las de las colecciones Numancia y Synesthesia: “Nuestra idea es lograr que la portada sea una parte más del libro pensado como un todo, como una unidad, por eso es importante que tenga cierto correlato con el texto, que nos sitúe en el clima del libro, en su contexto, que nos sugiera su tono; que no nos cuente demasiado pero que sí nos haga pensar algo más sobre lo que vamos a encontrar”, dice. Como Cambariere, entiende que “es importante que las tapas se identifiquen en el mar de libros. Con la oferta editorial que hay en las librerías hoy en día, es fundamental diferenciarse, tener una identidad propia, aunque cada portada del sello nos cuente algo distinto”.

También para ellos trabaja Consuelo Parga Jiménez, a cargo del exquisito diseño de la colección Futuros Próximos: “Lo primero que hago es reunirme con los editores para que me cuenten su experiencia con el libro y con el autor. Qué les llamó la atención del libro, cuáles de los sentidos vinculados quieren enfatizar y a qué público le podría interesar. Investigo sobre los movimientos artísticos o elementos estéticos afines al autor, leo el libro, algún fragmento o entrevista al autor. Con toda esta información voy encontrando conceptos atractivos para graficar”, y pone por ejemplo la portada del libro de entrevistas a J.G. Ballard. “Es un libro en el que habla sobre su literatura en general, y surge de un tópico recurrente en su narrativa: las piscinas vacías. Además, recompone una atmósfera desoladora que arma un sistema interesante con el título del libro, Para una autopsia de la vida cotidiana”.

“Una portada debe ser un llamado al lector, un guiño que le comunique de manera sugerente por dónde va el libro, que le muestre con qué se puede encontrar, pero sobre todo que genere algún efecto disruptivo en un espacio cargado de información, como es una librería”, define, y agrega: “El diseño de tapas, al igual que el cartelismo, tiene un desarrollo muy conceptual y siempre me pareció un ejercicio interesante poder transformar ideas complejas en una sola imagen. Mi desafío personal en cada tapa es ser capaz de trasmitir la atmósfera emotiva que me generó el libro”.

La portada cumple una función narrativa transversal, más subjetiva en algunos casos. Es una primera lectura importante, obviamente en la librería, para la comercialización. Empleamos poco minutos de lectura de imágenes, por eso me parece importante que el diseñador pueda desarrollar un nuevo lenguaje para atraer esa atención, para poder desglosar la lectura en capas, y afianzar ese extrañamiento de la imagen que puede producir un collage por ejemplo, con los cambios de escala. Por más clásico que sea el libro, el diseñador a veces traduce imágenes mas caprichosas de baja iconicidad que solo quedan en un mar poético, que no siempre termina funcionando para comunicar, es devorado por la estética de su propio lenguaje”, dice Ariana Jenik, responsable del diseño de las portadas en Eterna Cadencia editora, para quien las mismas pueden pensarse, en algunos casos, como “una traducción con imágenes, colores y climas que generan nuevos territorios de lecturas, casi siempre inesperados”.

Los tapistas de Edhasa son Juan Balaguer y Eduardo Ruiz. Celeste González, desde la editora, explica que tratan de mantener los criterios de las colecciones para mantener, a la vez, una identidad, “para que el público reciba claramente el mensaje que queremos dar y dónde estamos ubicando al libro en particular dentro del mercado y dentro de los géneros. Que pueda identificar con facilidad lo que busca y no decepcionarlo”. En esa tarea orientativa, a la vez, la portada “tiene la misión de atraer, de llamar la atención, de que junto con la contratapa te den ganas de leer el libro. Tratamos de que sea un plus, que no repita el título y que tampoco te cuente todo el libro”.

Las tapas de Bajo la luna, con sus juegos de colores, son realizadas por Valentina Rebasa: “Además de las restricciones duras que tienen que ver con el diseño de colección (formato, maqueta de diseño, logo, etc.) hay una restricción que me autoimpongo a la hora de pensar una portada: no subestimar nunca al lector. Trato de proponerle un desafío, un diálogo, un juego, establecer una complicidad, darle alguna pista sobre el libro, aunque estas pistas nunca sean explícitas ni literales”. Suyas son, por ejemplo, las portadas delicadísimas de la colección de poesía, donde la combinación de colores basta para surtir efecto. Esa feliz economía de recursos tiene una historia: “Hace 12 años, la editorial, que ya tenía 9 años, estaba quebrada. Hasta ese momento los libros que se habían publicado no tenían un planteo de colección, sino que cada título respondía a cierto capricho o a ‘lo que el libro demandaba’. En 2003, cuando nos hicimos cargo con Miguel Balaguer, planteamos un formato sustentable y, por mi parte, quise trabajar mucho una identidad muy clara y sencilla a la vez y ¿qué mas sencillo que la idea del color como rasgo distintivo? Un tiempo después un epígrafe que usó Mercedes Roffé, en un libro extraordinario, La ópera fantasma, me regaló una especie de lema perfecto de la colección. Marcel Duchamp decía: ‘El título es un color más’. En las traducciones solemos encontrar los colores entre los versos. Con los autores argentinos y latinoamericanos, siempre salen de una charla en las que se mezclan gustos personales, versos del libro, estados de ánimo, cábalas y otras cuestiones metafísicas. Este lujo de simpleza, en un mercado tapado de novedades, nos lo podemos permitir porque el lector de poesía es mucho más inquieto, sabe que rara vez encontrará un libro que le interese en la primera mesa de librerías. Seguramente irá directo al anaquel a revisar lomos finitos, de difícil lectura o mirar al costado de la última mesa”.

Ya ven que les he mentido antes, prometiéndoles salir de la galaxia de la poesía: es que nunca se sale, no hay afuera de esa galaxia. De todos modos, Bajo la luna tiene una colección narrativa también, desde 2007. Rebasa cuenta: “Estudié mucho las colecciones de narrativa en circulación, tanto las tradicionales como las más nuevas y hubo dos cosas que me llamaron mucho la atención en un sentido negativo: la presencia de las imágenes figurativas y la dureza de las colecciones. Con respecto a lo primero, tuve una reacción un tanto extrema: me costaba pensar la literatura atada a una fotografía o a un fotograma, no sé si quiero verle la cara a un personaje antes de empezar a leer un libro. Creo que eso me llevó a una posición reactiva, una especie de fundamentalismo abstracto que a la larga se demostró inviable (como todo fundamentalismo, claro) pero que disfruté mucho durante un tiempo y al que cada tanto elijo volver. Siempre admiré a Alvin Lustig, un artista norteamericano que fue diseñador de la editorial New Directions en la década del 40/ 50, y a los artistas argentinos Silvio Baldessari y José Bonomi que formaron parte de la industria editorial argentina en su momento de gloria. Las primeras tapas abstractas de narrativa de Bajo la luna fueron especialmente celebradas, pero la gente levantaba los libros, comentaba ‘qué lindos’, los tocaban, pasaban el dedo sobre la cubierta buscando alguna textura, que no existía ya que sólo estaba sugerida gráficamente en una especie de trompe l’oeil, y volvían a dejarlos donde los habían levantado. Así, los libros no lograban alcanzar la escala comercial que buscábamos en ese momento. Con el tiempo, empezaron a aparecer los primeros elementos figurativos, te diría casi tímidamente: primero fueron pictogramas, luego ilustraciones sutiles, hasta convivir con cierta armonía unos y otros (abstractos y figurativos) en el conjunto”.

“Si consideramos que el mercado editorial es un mercado casi puramente de oferta y no de demanda creo que la portada sería el primer punto de relación o contacto entre un lector y el libro. Y en este sentido tiene la pesada carga o responsabilidad de generar empatía”, completa Rebasa. “Sugerir, atraer, interpelar. Seducir: es seducir al potencial lector. Una cubierta no va a ser definitoria en el éxito o no de un libro, pero sí es un gran ayuda a la hora de atraer lectores”, podemos concluir, con Ventura.