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Una máquina infame

Por Dolores Gil

 

Lo primero que se me hizo evidente al avanzar por las páginas de Los infames es, para decirlo con un sustantivo que luego habrá que matizar hacia un extremo y el otro –(vehemencia, seriedad, compromiso) la pasión con que Crespi encara su tarea como crítico, pasión que lo diferencia de tantas intervenciones insípidas que nos vemos obligados a leer por todas partes, tanto en la crítica cultural como en los ámbitos de la investigación universitaria.

 No es inocente que Crespi tome la metáfora de la crítica como máquina de guerra para señalar la posición desde la que escribe. Frente a la marea de tibios y conciliadores, él arremete: “el lenguaje no se negocia. La razón es estrictamente política: cambiar el lenguaje es cambiar el pensamiento”. Yo misma, en nuestras conversaciones trasnochadas, le he reprochado incontables veces sus elecciones lingüísticas: cierta opacidad en el estilo, el uso compulsivo de la metáfora compleja, los rizos en los que nos enreda con su pensamiento. Después de la lectura atenta de Los infames, sin embargo, no puedo sino estar de acuerdo con su premisa. Crespi es un crítico valiente, en el sentido etimológico de ese adjetivo: sus palabras –su pensamiento, en consecuencia- están vivas, llenas de vigor.

Conocedor como pocos y lector casi obsesivo de lo que los escritores de nuestra generación han producido en estos últimos 15 años, que Crespi acompañe cada idea con su correspondiente juicio de valor –aunque él mismo diga que no se trata de juicios, sino de interpretaciones- es la prueba de su valentía intelectual. En el centro de Los infames hay una discusión que desde Platón hasta hoy nos ha valido varios quebraderos de cabeza: cómo es posible decir la realidad en la literatura, teniendo en cuenta que el pensamiento está estructurado como sintaxis y que la realidad, por desgracia, es caótica, informe, simultánea y múltiple.

En este sentido, Crespi, consciente de la dificultad para desentrañar un problema tan fundamental y a la vez tan complejo, no se resigna de antemano,  sino que prepara su táctica guerrera haciendo daño allí donde es más incómodo: como el tábano de Atenas, clava su aguijón en las debilidades, falsas conciencias y errores del progresismo bienpensante. No son ataques ad hominem o dirigidos por gusto personal: para citar sus palabras, “los nombres propios remiten no a sujetos biográficos, sino a personajes cuyas fantasías políticas se proyectan en intervenciones estéticas diferenciables”. Pienso en sus intervenciones sobre la obra de Kohan y de Ronsino, intervenciones cáusticas, por momentos de una agudeza casi intolerable para los que nos imaginamos a Kohan o a Ronsino leyendo el ensayo de Crespi. Pero el crítico no ceja: su tarea no es complacer a nadie, sino señalar aquello que muy pocos notan y que no muchos más se atreven a decir. Crespi me hace acordar a Casandra, la portadora de mensajes que nadie quiere escuchar.

Hay una idea que me parece central en Crespi, y que gran parte de los escritores argentinos jóvenes y la crítica han soslayado: que la literatura no hace política por los temas que se atreve a tocar o por los mensajes que logra trasmitir, sino a través de la forma. Por eso, su afirmación de que la novela política por excelencia es la novela familiar resuena en el libro como una hipótesis bienvenida. Crespi lee como quien desmonta un mecanismo, desarmando cada pieza, sopesándola y señalando, en sus palabras, “las denegaciones implícitas y los deseos sublimados” de los que no se animan a correrse de los límites de la corrección política.

Los infames es un libro de lectura obligatoria en este sentido: nos conmina a dejar atrás la puerilidad de nuestras ideas, la ingenuidad de la costumbre de lecturas superficiales o apuradas, nos enseña a despreciar la complacencia y el amiguismo; en suma, nos anima a pronunciar lo que realmente quema en estos tiempos que corren: parafraseando al autor, que nadie es responsable de sus sueños –yo agregaría ni de sus pesadillas- pero sí de las implicancias que estos adquieren una vez que se cristalizan en forma artística.