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Vino viejo en odres nuevos

Por Luciano Lamberi | Fuente: Eterna Cadencia

¿Hay ideas nuevas? ¿O venimos repitiendo desde hace siglos las mismas y lo único que cambia es el punto de vista, la forma de nuestros relatos? ¿Hay algo así como experiencias universales que se transmiten de generación en generación y son vividas una vez más como únicas y nunca comprendidas? ¿Es posible decir algo nuevo sobre esos viejos temas?

Creo que sí, y voy a dar dos ejemplos. Ambos versan sobre la paternidad, en un sentido amplio de la palabra, y lo hacen de un modo que resulta perturbador porque no cae en los lugares comunes ni en la complacencia.

El primero es la novela Austin, Texas 1979del peruano Francisco Ángeles. Es un libro corto, compacto más bien, que no afloja la tensión en ningún momento. La historia comienza cuando el narrador, al que imaginos como una especie de alter ego del escritor, se separa de Emilia y empieza terapia. En la espera conoce a Adriana, supuesta paciente desenfrenada que resulta ser la hija del terapeuta, con la que vive una histora de amor y de sexo oral. Adriana le cuenta una historia relacionada a su concepción y al juego perverso de su padre, un ser extremadamente manipulador e inteligente.

En la misma línea está la historia que el padre del narrador le cuenta, una noche, en el estacionamiento de un Burger King de Lima. Joven profesor de español en Estados Unidos, el padre se enamora de una alumna y a partir de ese momento, su vida se bifurca entre lo que realmente hizo y lo que no se animó a hacer: su verdadera vida, la que debiera haber sido. El narrador comprende entonces que su propia vida es fruto de una cobardía. La novela cierra con la decisión que toma el narrador acerca de un conejo que ha criado junto a su ex, Emilia. Es el último lazo que lo une a ella, (simbólicamente, un hijo) y el narrador termina sometiendo a un aborto retroactivo.

Como se ve, tres relatos de amor, locura y muerte componen la novela. Austin Texas 1979, publicada inicialmente en una editorial independiente peruana, y que será reeditada este año por Random House, está narrada en una prosa precisa y poética a la vez, cuyas digresiones no atentan contra el argumento. Es una historia sobre padres: la del terapeuta perverso como padre, la del propio padre del narrador, la del narrador como padre de un pequeño conejo. Los tres del libro cuentan una historia, solo para mostrar su crueldad (o su humanidad, más bien). Para que se los comprenda. Remiten un poco a la sensación de descubrir que, efectivamente, tus padres tuvieron una vida antes de que vos existieras. Fueron niños, fueron adolescentes, fueron adultos, les pasaron cosas. Y el momento de descubrirlo es el mismo en el que la infancia se abandona para siempre.

El otro ejemplo es el de Paula Bomer, autora norteamericana a quién Momofoku acaba de editar la recopilación de relatos Bebé y otros cuentos, un libro que viene recomendado por el mismísimo Jonathan Frazen (“es como ser atacado por un perro rabioso–y sentirse agradecido por ello”). Los cuentos de este libro son tan crudos y viscerales como el de cierta tradición del realismo minimalista, pero a la vez más crudos y viscerales. Todos los elementos del realismo contemporáneo están en él: las parejas disfuncionales, la soledad moderna, los trabajos insatisfactorios, las adicciones, los problemas mentales, el sexo (o su ausencia), Alcohólicos Anónimos, familias destruidas, la insatisfacción de la clase media acomodada. El acierto del libro es sumarle a todo ese mundo tan leído la cuestión de la paternidad (en un sentido amplio que también abarca el de la maternidad) y hacerlo de un modo tan directo y poco complaciente que por momentos pone la piel de gallina.

Repasemos algunos de los cuentos. En “La madre de sus hijos”, un hombre pierde todo el deseo sexual por su mujer después de haberla visto parir (una experiencia mucho más lenta, dolorosa y llena de sangre y mierda que la que pintan las películas). En “Un apretón de manos de mierda”, una escritora fracasada (¿qué otra clase de escritor hay?) vacila entre el abuso del alcohol y las visitas a su amante, dejando abandonados a su esposo y sus hijos sin ninguna culpa (“Le gustaban, sobre todo, los hombres que se la querían coger”). En “Si hubiesen dos barcos”, una madre muestra clara preferencia por uno de sus hijos, mientras que desprecia al otro hasta la náusea. En “Bebé”, una madre descubre, apenas nacido su hijo, que se siente un poco desilusionada. Esperaba una niña y tuvo un varón, un chico más bien feo, y por más que trate de convencerse a sí misma en el fondo es incapaz de amarlo.

Con un aterrador sentido del humor y del ridículo, Paula Bomer derrumba uno a uno todos los idealizados y dulzones lugares comunes acerca de tener un hijo. Pone al egoísmo, la debilidad, la miseria, la parcialidad y la ignorancia en el centro de esa experiencia, que revisitada por ella parece algo recién descubierto.

“Los hijos pagan los pecados de sus padres”, dice Shakespeare en alguna parte (creo) y probablemente esa paga consista en vivir una y otra vez las mismas vidas, creyéndonos únicos, hasta que el buen Dios tenga la oportunidad de borrarnos de la tierra. Pero de todas formas debemos pasar por los mismos caminos, equivocarnos y aprender, y morirnos después.