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Maximiliano Crespi: “Somos la manera en que leemos lo que leemos”

Por Ana Paolini | Fuente: Revista Polvo

¿Cómo leer e interpretar las formas que toma el realismo contemporáneo argentino? ¿Desde dónde? Charlamos con Maxi Crespi sobre algunos asuntos de la crítica y su último libro Los Infames (Momofuku, 2015) donde el autor traza su propio mapa de lectura y no se priva de mostrar, interpretar y discutir desde qué posicionamientos se arman también los otros mapas existentes. A su juicio existen tres formas de realismo: un realismo conservador, ligado al canon universitario; un realismo progresista ligado a la coyuntura política-cultural, y el que él denomina realismo infame, que pone en crisis la hegemonía de los otros dos.

Maxi Crespi (Oriente, provincia de Buenos Aires, 1976) es Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria -que depende de la Universidad Nacional de La Plata- y del CONICET. Ha publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015). También es el editor de la editorial 17 grises.

La bajada del libro dice “La literatura de derecha explicada a los niños”. ¿Por qué esa ironía?

Hay que poner las cosas en su sitio: la ironía del subtítulo no es mía, aun cuando con el paso del tiempo haya ido apropiándomela. Pertenece originalmente a Lola Copacabana y a Hernán Vanoli, que son dos lectores muy pícaros y muy sofisticados, con una escucha extraordinaria para identificar rarezas. Que ellos hayan confiado en Los infames un poco me halaga, pero también me inquieta porque no sé si entiendo bien por qué lo hicieron. Sé que ellos son lo que Ricardo Piglia decía que hace falta para renovar una literatura: lectores de vanguardia. Confío en que con los años llegaré a comprender por qué razón hicieron ese libro y lo juntaron con piedras preciosas, extrañas y encantadoras como las de Sebastián Robles, Carlos Godoy, Federico Guzmán Rubio o Paula Bomer. Ellos eligieron esa bajada y casi todo lo que vale la pena leer del libro. Lo armaron. Recuerdo la reunión en que Lola me dijo con el tono gélido y tajante que la caracteriza: “Mirá, Crespi, eso que nos diste tiene un orden. El orden es éste.”, y me extendió una hoja manuscrita con líneas y flechas de colores que enlazaban y articulaban los textos más o menos bajo la estructura que el libro tiene actualmente. Traté de resistirme al principio, por puro narcisismo. Pero en el bondi, de vuelta a casa, me di cuenta de que esa era una resistencia idiota: el croquis hacía del rejunte de textos de intervención un libro. Sobre ese plan organicé luego todo el material, agregando y quitando cosas. Y con la bajada pasó algo parecido: Vanoli vino un día y me dijo: “la bajada es ésta”. De entrada, debo reconocer, me pareció gratuita y groseramente violenta. Pero cuando la releí sobre la increíble composición de tapa que hizo Eugenia Loli entendí todo lo que esa frase ambigua traía a colación y la aprobé sin vacilar.

¿Para vos existe siempre una relación tensa e indisociable entre claridad y consenso? ¿Hablar de consenso es hablar de legitimación de relaciones de poder? 

Claro. El libro es una lucha continua contra la formalización pedagógica del realismo y es también, él mismo, un objeto anómalo, enmarañado, arbitrario y por momentos hermético. Hay que reconocer que es elegante y astuto que la bajada subraye ese doble filo irónico. Porque si hubiese sido un libro de escritura transparente, pedagógico, explicativo de las líneas que aborda, habría traicionado de algún modo su propio principio de resistencia. La razón es simple: claridad y consenso son el método y la razón de ser de la pedagogía. A mí me interesa más la vereda de enfrente, donde casi no llega luz, donde se oyen ruidos raros, donde se negocian escenas turbias y se presume promiscuidad.

Decís que “toda elección estética es una toma de posición política y se define por contexto”. Si pasamos de las “Especies” al “Territorio” trazar un mapa del realismo implica también trazar un mapa de la forma en que es leído y consagrado -o desdeñado- por ciertos circuitos. ¿Implica pensar que en la crítica no hay cánones? ¿Tiene mayor validez partir de un análisis de correlación entre posicionamientos políticos (no siempre evidentes) y proyectos estéticos?

Ciertamente. Todo el que lee una franja determinada de textos en una época está tejiendo un mapa, componiendo o descomponiendo un árbol de dependencias. Que no todos decidan publicarlo no quiere decir que no produzcan luego sus lecturas sobre esa cartografía. Yo leo políticamente, me interesa eso: las fantasías políticas que cruzan el texto de la cultura. No para imaginar adscripciones partidarias, claro. Tampoco meramente para señalar con el dedo la falsa conciencia o la decadencia senil de tal o cual registro ideológico. Más bien para asumir que, si no hay afuera de la ideología, esa falsa conciencia también debe un tema a pasar por la piedra de la autocrítica. Somos la manera en que leemos lo que leemos. Leo literatura en la vieja estela de las lecturas sartreanas: tratando de comprender qué concepción –o preconcepción– de las relaciones sociales gravita en cada proyecto narrativo. Eso hace que mi mapa se organice de una determinada manera y no de otra. Por eso siempre digo: este es un mapa; hay otros, ordenados bajo otras escalas y otros principios de lectura. El camino que va del mapa al canon es el que traza la pedagogía y la autoridad afirmada en el consenso institucional. Cada tanto alguien le hace esa pregunta indiscreta a Sarlo y ella se apresura a decir que no se propone establecer ningún canon. Esa negación es al mismo tiempo lúcida y perversa. Sarlo lo sabe y sabe que esa negación formal no hace mella al proceso que desencadenan sus lecturas. Sería más honesto que de una vez por todas dijera: “Caramba, el canon, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Sarlo”.

¿Es correcto oponer la lectura que hace Sarlo de la que hace Terranova?

El caso de Terranova es diametralmente opuesto al de Sarlo y por eso mismo resulta también un poco perverso. Su perversión se cifra en la manera en que en el libro (Los gauchos irónicos) el lector se deja ganar por la propuesta de cada texto o proyecto narrativo. No porque los textos no sean buenos o no merezcan ganar la batalla de la lectura. Más bien porque él les deja ganar, de una manera poco creíble, casi sin presentar resistencia, al dejarles definir los términos en que se desarrollará la lectura. A todos les sonríe y les aplaude el truco de magia. Yo creo que hay que empezar a sospechar de esa sonrisa. Porque Juan no es un lector ingenuo. Ni es un lector concesivo. Mucho menos indulgente. Basta con leer sus críticas online para notar que cuando faena un texto a contrapelo sabe cómo colgarlo bien limpito de un gancho. Por eso mismo ese libro que él presenta como un libro de crítica debe ser leído más bien como una novela irónica sobre su propia generación. Quizá mucho más irónica que todas las que imaginábamos que alguna vez sería capaz de escribir.

Los infames macimiliano crespi

Si bien lo que describís como realismo infame toma varias formas puntuales, detalladas en el conjunto de reseñas que forman parte de “Infamias” y “Las fuerzas extrañas” (Lamberti, Godoy, Falco, Natale, Bitar, Erlan, etc.), ¿cuál es el límite que permite separar o discernir este realismo transgresor de un realismo más clásico de tipo carversiano que también elude la narración directa, establece la sospecha bajo la técnica de la insinuación” o que “se proyecta bajo un eventual horizonte de posibilidades que se decide no relatar”?

La verdad es que son aproximaciones, tentativas, conjeturas. No sabemos todavía cuál de esas vetas abiertas será capaz de capitalizar esas técnicas. Es lo que se deja leer por ahora en sus textos. Pero es también algo que se produce un poco sin programa, más por rechazo que por decisión elaborada, porque a los nombres de la infamia no los une el amor sino el espanto. En ese mapa del desconcierto y desilusión que es la literatura argentina luego de la muerte de Aira, cualquiera de los que me nombrás sabe bien lo que no quiere hacer, pero no sé si es del todo consciente de lo que está haciendo. Eso que llamamos realismo infame trabaja en la indeterminación y creo que por eso mismo es una suerte de agujero en el domo. A través de él entran ráfagas de aire distinto, raro, un aire que no es fácil saber si nos va a salvar o nos va a terminar envenenando. La literatura que importa es en última instancia esa: la que nos saca de la modorra de la comodidad y lo previsible para hacernos caminar por la cornisa. No la de la pedagogía servil; y mucho menos la del entretenimiento banal.

¿A qué puede llamarse “domesticación de la crítica”? ¿A la crítica académica? ¿No es algo absurdo plantear como crítico algo que está domesticado, justamente porque no viene a decir nada nuevo sobre lo que está dado?

Brecht decía que hay que deshacerse sobre todo de las “buenas viejas cosas”. La domesticación de la crítica se da cuando la propia crítica deja de desconfiar o de poner en crisis sus propios fundamentos en la práctica de la lectura. Esa domesticación puede darse tanto en el ámbito de la crítica académica o en el de la crítica cultural. Lo que la lectura puede decir está íntimamente ligado a su capacidad para transformar la propia matriz ideológica de la lectura. Creo que también sobre esto la tapa del libro dice algo que destila cierta ascendencia adorniana: como el gato, el buen crítico es un animal doméstico no domesticable.

Hoy resulta evidente que el progresismo tiene consenso, que la derecha lo tomó como parte de su discurso y que ya no le pertenece a la izquierda. Podríamos sumarle algo que menciona Sloterdijk en forma de pregunta: ¿La técnica superó la forma en que pensamos el mundo a través de las categorías dicotómicas del lenguaje, por ejemplo izquierda/derecha? ¿Cómo se traduce esto en la forma que adquiere el realismo en la literatura? ¿Se puede seguir hablando de posicionamientos claramente de derecha o izquierda? 

No hay motivos para no ser pesimistas respecto de la situación actual. La naturalización de la idea de que la configuración ideológica del mundo ha sido “superada” por la técnica es una victoria de la derecha. Basta levantar la vista y ver cómo se deshace Latinoamérica para corroborar eso en los últimos lugares del mundo donde la política parecía poner límites a la técnica. Basta ver más arriba para ver entre qué se “elige” en EEUU. Basta ver la pátina de banalidad y complicidad con que se acompaña esa entrega. Basta ver el cinismo con que un proceso así se fogoneó bajo el penoso signo de una “revolución de la alegría”. Sin embargo, si todavía queda un rescoldo de justificación para el pensamiento crítico ese es el de tratar de ver las cosas a contrapelo del sentido común. Creo que hay que sostener esa convicción contra la balanza de las posibilidades. Para eso el marco marxista, que debe ser ampliado y completado con otras perspectivas solidarias, sigue siendo una herramienta útil para la comprensión de los nuevos contenidos históricos. Es la opinión de un porfiado sin ilusiones. De alguien que, como se dice, cree que hay que vivir y morir con las botas puestas. No en un gesto de heroicidad, sino en un acto de integridad. Creo que es sin duda canallesco reducir el valor de la resistencia a la probabilística de los resultados. Puede que haya algo de idealización en esa determinación que es más materialista que el materialismo mismo: no rendirse al fatalismo de la condena ni siquiera en la condena. Pero estoy convencido de que hay que seguir hablando de posicionamientos de derecha y de izquierda. Hay que quedarse en la cuadra y seguir puliendo el hueso, como dice el verso de Godoy. Hay que decir que nos gobierna la derecha y hay que decir que acá todavía nunca gobernó la izquierda. Hay que seguir buscando relaciones entre las operaciones estéticas y las disposiciones políticas. Hay que presentarlas aunque más no sea para que, discutidas, puedan finalmente ser desestimadas. No como un deber; como un derecho: el derecho a resistir ante esa forma de la Muerte que es el pensamiento único.