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Reaccionarios, progresistas o infames

Por Paula Puebla | Fuente: Ñ

Pese a que el término “kirchnerismo” no aparece en sus páginas, Los infames de Maximiliano Crespi es una intimación polémica a la narrativa argentina producida durante la última década. No es raro que así sea. Al referirse a la función de la crítica Crespi sostiene que, mientras en un plano largo “el crítico es alguien que escribe su propia biografía política y sentimental en el revés de la trama de sus lecturas”, en un plano más corto “escribe y publica para intervenir en la lucha por el sentido, tratando de producir efectos de lectura en espacios específicos, con intereses ideológicos concretos”.

–¿Ese “plano corto” es el horizonte que prevés para la crítica?
–Ciertamente. Escribir para lectores, o para algunos lectores. Ni para legos ni para satisfechos, para los que leen sospechando, para los que no se resignan a aceptar que la única verdad sea la realidad.

–En el ensayo sobre Beatriz Sarlo decís que una tarea del crítico es aprender a convivir entre el deber y el deseo de pertenencia. ¿Se puede escribir críticamente sobre la propia generación?
–Como la buena literatura, la buena crítica no se solaza en el ronroneo de la manada. La crítica y la literatura extraen su actualidad de los conflictos que abren, de las preguntas que formulan, de la tensión que crean en el consenso de expectativa de su propio presente. Buscan romper los prejuicios ideológicos sobre los que se establecen las valoraciones y las legitimaciones estéticas y políticas en el campo de fuerzas de la cultura.

–Ya desde el subtítulo (“La literatura de derecha explicada a los niños”) planteás una categorización ideológica fuerte. ¿Qué son la literatura “de derecha” y “de izquierda”?
–La literatura de izquierda es la que busca romper las cristalizaciones ideológicas del presente. Literatura de derecha es la que trabaja para naturalizarlas, pero también la que rechaza el presente en nombre de una ideología aún más retrógrada.

¿Bajo qué parámetros recortaste el corpus de lectura de Los infames?
–Trabajé sobre tres líneas. La de las nuevas modulaciones del realismo que emergieron luego de 2001, la narrativa experimental (de Katchadjian a Farrés) y la ciencia ficción y el fantástico (de Castagnet a Godoy). Todo esto viendo el valor de referencia que tienen para ellos César Aira, Levrero y Bizzio, y siempre prestando especial atención a lo nuevo y no tanto a lo heredado. De la narrativa asimilable a una poética “realista”, opté por lo más leído y más característico de cada línea de producción: Almada, Ronsino, Falco, etc.

¿Por qué el realismo como principio de organización?
–La idea de “una vuelta del realismo” cruzó el campo cultural con la materialidad de una evidencia. Sarlo leyó bien ese síntoma, y sobre él, un conjunto de condiciones que transformaban la ingenuidad en oportunismo. Primero como audacia, después como cálculo. Su lectura es reveladora: en la “etnografía” late un deseo de hacer coincidir la verdad de la literatura con la realidad.

En ese bloque general planteás distinciones estéticas para crear subconjuntos ideológicos. ¿Qué los define?
–Tanto unos como otros surgen del tipo de interrogación con que leo. Me centro en los vectores que suscriben tres tipos de respuesta de articulación ideológica a un determinado momento histórico. Veo en principio la resistencia anacrónica y residual de un realismo reaccionario, ideológicamente conservador y estéticamente estacionado sobre el canon modernista. Es un realismo agonizante que se sueña como alternativa a la hegemonía de un costumbrismo de pedagogía moral y “sensibilidad social”.

¿La “pedagogía moral” caracteriza a la estética del kirchnerismo?
–Sin duda. La buena conciencia es la cáscara de la mala fe. La estética progre-populista se hamacó generalmente entre el pringoso costumbrismo barrial y la apelación táctica a un objetivismo estilizado para vehiculizar un sermón ideológico un poco pueril. Las virtudes del kirchnerismo a nivel de políticas de Estado son muchas y sin duda crecerán aún más en la memoria colectiva conforme el neoliberalismo cumpla su rol destructivo y disciplinador. Pero en términos culturales facilitó el desarrollo de una industria de la victimización que banalizó aún las luchas que decía defender. En el plano literario eso decantó en un espeso y casi extorsivo moralismo que redujo el valor de la crítica a su criba de militancia. En ese contexto, de un lado o de otro (de Sarlo a Drucaroff), la crítica militó sus propias causas y no interrogó nunca lo nuevo.

–¿En qué contexto aparece la infamia?
–En la retirada de estos dos modelos de servidumbre. El realismo infame tiene un origen tan insolente como cínico. Supone una fuga en otra dimensión, más cerca del absurdo que de la instrucción moral.

¿Ves ahí una suerte de escape?
–Sí y no. Es una manera de buscar una salida que no hay: la ideología no tiene más puertas que las que dan a la locura o a la muerte. El realismo reaccionario no sabe otra cosa que ser de derecha, el progre-populista —a pesar de sus deseos imaginarios— funcionó como tal al negarse a cuestionar su propia consistencia ideológica, y el realismo infame corre el riesgo cierto de fomentar la ilusión de la “suspensión ideológica” a la que la derecha apela para blindar su avatar neoliberal. No hay zona de confort que no nos empuje a la derecha.